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BANDA ACEH, Indonesia, ene. 7, 2005.- Hubo quienes en el tsunami lo perdieron todo, incluso la razón.
Es el caso de Ibusiti, una mujer cuya estabilidad mental no resistió ver a su marido abrazando a su hija recién nacida, mientras a los dos los arrollaba una ola como no había visto otra. Ibusiti parece tener la mirada fija en esa imagen, debería estar en el hospital psiquiátrico de Banda Aceh, pero se inundó de lodo.
Hoy los propios enfermos se encargan de barrer ese lodo y reacomodar lo poco que no se llevó el maremoto. Están haciendo espacio para los nuevos pacientes, como Ibusiti, quien lleva casi dos semanas semiencerrada en la sala de oración de una mezquita porque, dicen, no tienen donde ponerla para que no se les pierda.
“Estamos en el proceso de mapear la situación de la salud mental de la gente”, aseguró Revo Multicoptic, psicólogo.
El reto de los médicos es distinguir entre quienes guardan luto y dolor por sus muertos y quienes necesitan ayuda psiquiátrica.
En el campamento de damnificados de Matai, más de cuatro mil personas sobreviven en condiciones infrahumanas después de que el tsunami se lo llevó todo. Muchos de ellos se conocen entre sí pues provienen de poblaciones vecinas.
Halima vive en Mathai, pero muere todos los días. Su hijo falleció en el tsunami y cada mañana se sienta a ver a los que fueron amiguitos de su niño que van a una escuelita improvisada por los voluntarios.
“Desde aquí veo la imagen de mi hijo como cuando él estaba vivo jugando con los otros niños”, relata Halima.
Ni una mirada la condena, ni un dedo la señala, porque aquí cada quien enfrenta como puede una realidad atroz que en el fondo es una locura.