CIUDAD DEL VATICANO, abr. 17, 2005.- Los fieles y turistas empezaron a llegar a la Plaza de San Pedro desde primeras horas de la mañana. A las diez, hora de inicio de la misa, las puertas de la Basílica se cerraron y aquellos que ya no pudieron ingresar tuvieron que participar en la plaza siguiendo la eucaristía a través de las cuatro pantallas colocadas en distintos puntos.
Por la tarde, la plaza ya se encontraba a la mitad de su capacidad, crecía la expectación y por primera vez en la historia de la Iglesia, de los Pontificados, miles de personas podían ver la procesión de los cardenales hacia la Capilla Sixtina, el primer Cónclave del XXI estaba a punto de iniciar.
En la espera, aún se hablaba de Juan Pablo II, su imagen sigue presente en muchos que han venido para conocer al nuevo líder de la Iglesia, que desean que conserve muchas de sus virtudes, entre ellos un mexicano en cuya maleta venían veinticinco libros de condolencias su objetivo, entregarlos al Vaticano.
“En cada funeraria de Juárez y El Paso pusimos un altar del Papa. En cada capilla de las funerarias, son doce funerarias ahí, pusimos un libro de registro donde toda la gente fue a dejar sus condolencias a rezar. Tuvimos rosarios cada noche y recabamos más de cien mil firmas con un total de 25 libros”, explicó Salvador Perches, peregrino.
Para las siete de la noche, la vía de la conciliación tenía una hora de haberse cerrado para el tránsito vehicular. Los fieles llegaban en grandes grupos. El suspenso crecía.
Una hora después, a las ocho, empezaba a salir humo de la chimenea. Primero se pensó que era blanco, la gente aplaudió y gritó.
Pero las campanas de San Pedro no redoblaron. En realidad era humo negro. Los cardenales, en el primer día de cónclave, no eligieron al Papa doscientos sesenta y cinco.