CIUDAD DE MÉXICO, México, oct. 29, 2006.- Los brasileños tendrán que elegir este domingo 29 de octubre entre la continuidad del gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva o el retorno de un socialdemócrata, que ofrece escasas mudanzas económicas y plantea incertidumbres en el área social. Lula, el ex sindicalista de izquierdas que hace cuatro años llegó al poder con la promesa de cambiar el modelo económico neoliberal de su antecesor, Fernando Henrique Cardoso, trilló por el mismo camino, y su rival de ahora, Geraldo Alckmin, del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), no ofrece otra alternativa.
El PSDB gobernó Brasil durante ocho años con Cardoso (1995-2002), de quien Lula dice que recibió una "herencia maldita", a lo cual el ex presidente replicó en alguna ocasión que si su legado hubiese sido tan negativo su sucesor no habría seguido sus pasos sino que lo habría cambiado todo.
Lo cierto es que los programas económicos de Lula y Alckmin apuntan, con algunos matices, hacia lo mismo: crecimiento con generación de empleo, reducción de los intereses, reformas estructurales, mantenimiento del superávit fiscal primario y la inflación bajo control.
En lo social tampoco hay grandes diferencias, al menos sobre el papel, pues los dos hablan de aumentar la renta de los trabajadores y Alckmin se ha comprometido a continuar con el "Bolsa Familia", programa bandera de Lula, ante los rumores que han corrido por los estados del nordeste, la región más pobre del país, de que el candidato opositor acabaría con ese beneficio.
El "Bolsa Familia", sucesor del fracasado "Hambre Cero", es un programa para las familias en situación de pobreza extrema, que viven con menos de 100 reales mensuales (unos 46 dólares), y a los cuales el Estado da un auxilio monetario.
"Realmente los programas son parecidos. Ambos siguen el modelo vigente, aunque el de Lula tiene una visión social un poco más amplia y busca relaciones más diversificadas en política exterior", dijo el analista político Francisco Fonseca, profesor de la Fundación Getulio Vargas (FGV), un prestigioso centro privado de estudios.
Fonseca agregó que el programa de Alckmin muestra una mayor preocupación con la reforma del Estado y con el ajuste fiscal, pero considera que, en general, ninguno de los dos candidatos ofrece un proyecto de desarrollo para el país.
"Hay que pensar un proyecto de desarrollo que lleve a Brasil a un crecimiento económico con transferencia de renta, en el que participen no sólo las instituciones (del Estado) sino también los actores sociales", anotó.
Un estudio de la FGV mostró que entre 2003 y 2005, los tres primeros años del gobierno Lula la pobreza en Brasil se redujo en un 19,18 por ciento, mientras que la economía tuvo un crecimiento promedio del 2,58 por ciento en el mismo período, según datos oficiales.
Los resultados en lo social son el principal trofeo que Lula exhibe en la vitrina para conseguir la reelección en la segunda vuelta, con la promesa adicional de hacer que la economía crezca el 5 por ciento a partir de 2007.
Alckmin promete, además de mantener los subsidios a los más pobres, rescatar de la crisis al sector agropecuario y estimular a la industria para conseguir un crecimiento económico que esté a la altura de los demás países emergentes, entre los cuales Brasil ocupa el último lugar.
El candidato opositor se ha visto obligado a prometer también que no privatizará grandes empresas como Petrobras, el Banco do Brasil, la Caixa Económica Federal y los Correos, para salir al paso de rumores propagados por Lula.
El propio Cardoso apuntó en un acto en Sao Paulo que "en el programa económico y social la diferencia (entre los dos candidatos) es muy pequeña", pero subrayó que Alckmin se distingue porque no arrastra los escándalos de corrupción que han marcado al actual gobierno.
GESTIÓN DIFÍCIL
El vencedor de las elecciones tendrá una gestión difícil con un Congreso sin mayorías, integrado por más de veinte partidos que han apoyado a uno u otro candidato sin tomar muy en cuenta ideologías.
La clave de la gestión puede estar en lo que haga el centrista Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), que se ha convertido en la formación con mayor número de escaños en la Cámara de diputados y segundo en el Senado.
El PMDB, que tiene cuatro gobernadores estatales elegidos en la primera vuelta y candidatos en otros seis que se decidirán el domingo próximo, puede lograr la presidencia de la Cámara baja como primera fuerza política y está en condiciones de negociar puestos relevantes en la administración.
El partido se ha dividido entre los que apoyan la reelección del presidente Luis Ignacio Lula da Silva y otra que ha optado por el candidato socialdemócrata, Geraldo Alckmin.
Lula, además del Partido de los Trabajadores (PT), ha contado en la campaña con el apoyo de Partido Comunista de Brasil (PCdoB) y del Partido Socialista de Brasil (PSB), así como del Partido Liberal (PL) y otras formaciones de derecha, mientras que el PSDB y el PFL defendieron a Alckmin.
Ni él ni Lula ha conseguido atraer el apoyo formal de los partidos de candidatos a la presidencia que no pasaron de la primera vuelta.
Quien gane las elecciones tendrá que convivir, además, con un Congreso desacreditado por los numerosos escándalos, en el que, si bien ha habido una notable renovación de escaños, habrá parlamentarios sospechosos de corrupción.
En la Cámara baja, la correlación de fuerzas entre los considerados partidos tradicionales es similar a la que había antes de las elecciones.
El PMDB consiguió 89 escaños y el PT 83, mientras que los dos principales partidos de oposición, el PSDB y el PFL lograron 65 diputados cada uno.
La llamada "cláusula de barrera", aplicable a los que no obtuvieron un 5 por ciento de votos a nivel nacional y por lo menos el 2 por ciento en nueve estados de la federación, les impedirá participar en las comisiones del Congreso, ser miembros de la mesa directora o tener acceso al horario electoral gratuito, entre otras cosas.
En el Senado, el PMDB tiene 15 representantes y el PT 11, mientras que el PSDB tiene 15 y el PFL 18, con lo que se convirtió en el partido con más escaños, privilegio que arrebató al PMDB.
Otras nueve formaciones se reparten los 22 puestos restantes, con resultados de cinco a un escaños, pero la composición definitiva sólo se conocerá después del 29 de octubre, ya que algunos senadores son candidatos en la segunda vuelta a gobiernos regionales y sus sustitutos son de otros partidos.
El nuevo presidente tendrá por delante un Congreso disperso, cuyo apoyo puede depender de cumplir las expectativas de algunos partidos e incluso del habitual transfuguismo que algunos parlamentarios no excluyen para eludir las restricciones de la cláusula de barrera.