WASHINGTON, Estados Unidos, nov. 6, 2006.- La lista de escándalos y corruptelas en el Congreso de Estados Unidos, sumada a otros factores polémicos como la guerra de Irak, han hecho que el respaldo popular al legislativo haya caído al nivel más bajo desde 1992, según las encuestas. Los republicanos, en principio, se llevan la peor parte pero los demócratas también tienen sus pecados.
Cuando Bush llegó a la Casa Blanca prometió que el suyo sería un Gobierno "decente", pero algunos legisladores no han seguido la consigna del "jefe" y han puesto en peligro con sus desmanes el control republicano del Congreso.
Entre los casos que han alimentado la percepción ciudadana negativa está el del congresista republicano Mark Foley, que se vio obligado a dimitir en septiembre tras conocerse que intercambió e mails con contenido sexual con becarios del Congreso.
Las aventuras virtuales de Foley atacan a los republicanos donde más les duele, los valores morales, un territorio en el que hasta hace bien poco sacaban ventaja a sus rivales demócratas y que les permitió alzarse con la victoria en las presidenciales del 2004.
Pero el presidente George W. Bush y los suyos parecen haber perdido la guerra moral.
Así, una encuesta publicada por el diario "The Washington Post" el pasado 10 de octubre revela que los demócratas tienen una ventaja de 19 puntos frente a los demócratas en temas éticos.
La enorme cobertura mediática de Foley y sus andanzas reveló otro de los pecados recurrentes en la capital estadounidense, el afán por encubrir "el crimen", lo que a menudo tiene un coste político mayor que el delito en sí.
Desde que salieron a la luz sus misivas electrónicas a los becarios, dos líderes de la Cámara de Representantes han asegurado que informaron del problema al presidente de ese hemiciclo, Dennis Hastert, quien supuestamente habría hecho oídos sordos.
Hastert es víctima de un mal común en Washington en los momentos difíciles, la amnesia, y asegura no recordar que nadie le comunicase irregularidad alguna en el comportamiento de Foley.
Ese tipo de reacciones consternan a encuestadores republicanos como Frank Luntz, quien aseguró en la revista "Time" que el escándalo Foley puede ser "la gota que colme el vaso" entre los desilusionados votantes republicanos, "no tanto por lo que hizo, sino por cómo gestionaron el asunto los republicanos".
Otro de los escándalos de altos vuelos que puede ayudar a los demócratas a recuperar el control del Congreso tras doce años en la oposición es el del "lobista" (miembro de un grupo de presión) Jack Abramoff, otro ángel caído.
Abramoff no sólo malversó fondos de una tribu india sino que pagó abultados cohechos a distintos legisladores, en particular al republicano por Ohio Bob Ney.
El "lobista" era amigo del que fuera líder republicano en la Cámara Baja, Tom DeLay, quien renunció a su cargo a finales del 2005 envuelto en un escándalo de manejo ilegal de fondos electorales.
En la lista de escándalos que han minado la confianza pública figura otro clásico de Washington, el de la filtración del nombre de la espía Valerie Plame, cuyo nombre salió a la luz pública en una supuesta venganza de la Casa Blanca.
Aunque el contencioso Plame no partió del Congreso si se sumó a la abultada lista de males.
Los despropósitos republicanos les han venido como anillo al dedo a los demócratas, que aparecen como favoritos en todas las encuestas para las próximas legislativas del 7 de noviembre.
La oposición, de todos modos, tampoco está libre de culpa.
Entre los pecadores -o presuntos pecadores- más conocidos de la oposición está el legislador William Jefferson, quien es objeto de investigación ante las acusaciones de que aceptó sobornos de al menos 90 mil dólares, que ocultó en la nevera de su apartamento.
Este concurrido panorama de escándalos ha hecho que los jóvenes activistas pongan el grito en el cielo. A los más viejos del lugar, las historias les suenan familiares, aunque los protagonistas cambien de cara.