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Carnaval en honor al Santo Niño



por: Agencia
Fuente: EFE







Cebú, la segunda ciudad en importancia en Filipinas, se transforma a mediados de enero en un carnaval de ritmo y color, en honor al Santo Niño



MANILA, Filipinas, ene. 17, 2007.- Cebú, la segunda ciudad del archipiélago de Filipinas, se transforma a mediados de enero en un carnaval de ritmo y color en honor del Santo Niño, la imagen que simboliza la llegada del catolicismo a ese país asiático y da pie a su más antigua fiesta religiosa.

Con ese motivo, Cebú, la capital de la isla del mismo nombre, se recoge durante 10 días en la solemnidad de las novenas y procesiones, para estallar el tercer domingo del mes en un espectacular fin de fiesta de música y baile.

Ese día la ciudad será un hervidero de comparsas que representarán con sus coreografías el sincretismo en el que se sedimenta en catolicismo filipino, y del que serán testigos miles de visitantes locales y extranjeros.

IMITANDO EL VAIVÉN DE LAS OLAS

La danza que se apodera de todos los rincones de Cebú, desde la calle Colón, la más antigua de Filipinas, hasta Fuente Osmeña, su moderno centro neurálgico, es el "sinulog", que deriva del adverbio cebuano "sulog", que significa agua en movimiento.

Se cree que ese ritual, que imita el vaivén de las olas, era interpretado por los cebuanos prehispánicos para buscar la intercesión de sus divinidades, en este caso para que favorecieran las cosechas y la natalidad de sus mujeres.

Al igual que entonces, el actual "sinulog" sigue desprendiendo el sabor de lo tribal a través de las máscaras y exóticos ropajes de sus ejecutores, quienes danzan sin descanso al son de los tambores y los gong nativos.

La diferencia es que ahora los danzantes portan en sus manos las miniaturas del Santo Niño, con las que se dirigen al cielo en señal de agradecimiento por el regalo de una religión que es la mayoritaria en Filipinas.

Ese reconocimiento tiene su principal escenario horas antes en la Basílica de San Agustín, donde miles de fieles entonan el que es el grito de guerra de la conmemoración: ¡Viva Senyor Santo Niño! (Viva Señor Santo Niño).

Una declaración sumida por los miles de cebuanos que acuden a ese día a la Basílica con sus propias tallas del Santo Niño, la fuente de todas sus dichas y el escudo contra sus desgracias.

ESLABÓN PERDIDO DEL CATOLICISMO FILIPINO

Ese ejercicio de piedad, en el que se combina el fatalismo y el carácter lúdico de los filipinos, tendrá su eclosión un día antes con una procesión marítima que navega entre las costas de Cebú y la vecina Mactan, el punto donde se personara por vez primera el Santo Niño en compañía del navegante portugués, Fernando de Magallanes.

Cuenta la tradición que la figura del Santo Niño que preside la Basílica, es la misma que el siete de abril de 1521 llevara a la isla Magallanes, cuando declaró el territorio parte de la Corona de España a la que entonces servía.

Siguiendo las crónicas misioneras, la imagen, que se cree fue tallada en Flandes, jugó un papel fundamental en la conversión de Amihan, la reina de Cebú, que fue bautizada como Juana, en honor a la madre del monarca Carlos I de España.

Poco después, abrazaba la nueva fe su marido, el rajah Humabon, que adquirió el nombre de ese rey español, con lo que el catolicismo pasó a ser la religión de todos sus súbditos tras una serie de bautizos en masa.

Esas conversiones se truncaron cuando Magallanes murió en las playas de Mactan aseteado por los hombres de Lapu Lapu, el caudillo que más se oponía a la presencia española.

La talla pasó entonces a convertirse en un "diwata", uno de los ídolos de la cosmogonía local, hasta que 44 años después, el conquistador Miguel Lopez de Legazpi se trasladó a Cebú desde México para finalizar lo iniciado por Magallanes.

Ya en la isla, en abril de 1565 un marino de la expedición, el vasco Juan de Camús, encontró la imagen en una caja de madera junto a otros ídolos, lo que fue interpretado por los misioneros como un milagro que fue conmemorado con una procesión en honor de San Vital.

Y no era para menos, la recuperación de la talla era el eslabón católico perdido por Magallanes, que ahora recuperaba Legazpi, y que sirvió para evangelizar Cebú y años después Manila y el resto de Filipinas.

EL NIÑO SANTO COMO FILIPINO

Algo con lo que quizá no contaban los frailes españoles, era la apropiación que los filipinos hicieron del Santo Niño, y que preside la mayoría de sus hogares, oficinas, vehículos y hasta la arena donde los gallos se despedazan hasta la muerte en el que es el entretenimiento nacional por excelencia.

Es así que los distintos sectores laborales tienen su propia imagen, una gama que va desde el Santo Niño armado con una pistola, adoptado por la policía filipina, hasta el de los bomberos, ataviado con un casco y una manguera.

Esa personalización del culto se expresa a finales de enero en Manila, que coge el testigo de Cebú con el desfile de la Congregación del Santísimo Nombre del Niño Jesús, que reúne a un sinfín de carrozas que recorren la bahía, se santiguan a la altura de la iglesia de Malate y desembocan en el parque de la Luneta.

De esta manera, las majorettes abren un festejo que convoca a cultos foráneos como el Santo Niño de Praga, al Bambino de Araceli y al Santo Niño de Atocha, junto a algunos de sus parientes filipinos como el Santo Niño de Romblón, el Santo Niño de la Suerte, el Santo Niño Milagroso o el Santo Niño de Amor.

Y con ellos otras versiones como el Santo Niño de la Policía; el Santo Niño de Construcción, que vela por los trabajadores de ese gremio; el Santo Niño de Marino, que vestido de almirante desfila sobre un barco para defender a todas las gentes del mar, y el Santo Niño Chemist, que aboga por el personal de los laboratorios.

Aunque Cebú acoge a miles de visitantes durante la festividad del Santo Niño, son muchos los que optan por ser testigos de la misma en la isla de Panay, fundamentalmente por su cercanía a la paradisíaca Boracay, el destino preferido por los turistas extranjeros.

Cuando Cebú aún se recupera de la resaca, la ciudad de Kalibo inicia el Ati Atihan, un festival que introduce al Santo Niño en un contexto histórico anterior al desembarco de los españoles.

El marco se remonta al siglo XVII, cuando cuatro "datus", jefes, de Borneo compraron la isla de Panay por un salacot de Oro y un collar del mismo metal a su dueño, el Rey Marikudo.

A pesar de ese punto de partida, el Ati Atihan se ha deslizado hacia los terrenos de un carnaval al estilo del Mardi Grass de Nueva Orleans, donde prima las ganas de jolgorio de los turistas y su obsesión por el safari fotográfico.

Algo que afortunadamente no ocurre en otros puntos de la geografía filipina, como la ciudad de Ilo Ilo, también en Panay, cuyo festival Dinagyang recuerda que el Santo Niño de Arévalo lleva efectuados unos 15 milagros desde que fue establecido como patrono protector allá por 1581.


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