CIUDAD DE MÉXICO, México, mar. 19, 2004.- El 1 de mayo de 2003, el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, arribaba triunfalista, aunque sin cantar todavía victoria, y piloteando un avión, al portaviones USS-Lincoln. Era el anuncio del fin de la guerra en Irak, el cese de las hostilidades en la tierra que vio nacer y caer a Saddam Hussein. Pero aquellas explosiones que comenzaron a sacudir a Bagdad, la capital iraquí, hace ya exactamente un año, aquel 20 de marzo, todavía retumban a lo largo y ancho de Irak. Son los combates, bombardeos y atentados de una guerra que se mantiene vigente, de una guerra, que aún sin serlo ya “oficialmente”, no termina. Son las hostilidades sin guerra.
Y al cumplirse el primer aniversario del inicio de la guerra contra Irak, un conflicto bélico que, por cierto, se dio a la fuerza, porque la mayoría de los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU –entre ellos México- no habían aceptado una intervención militar en tierras iraquíes, el análisis es abarrotado por cifras de destrucción y muerte, que hasta la fecha van en aumento, porque de lo demás, lo prometido, las supuestas razones de esta guerra que no debió ser, aún no salen a la luz pública. Nadie sabe nada, nadie dice nada.
¿Dónde están las armas nucleares, que supuestamente tenía escondidas el derrocado presidente iraquí, Saddam Hussein?, sobre todo, cuando este fue el motivo primordial de Bush –apoyado por el primer ministro británico Tony Blair- para iniciar una serie de acciones militares contra el régimen de Irak.
Hasta ahora, las supuestas armas de destrucción masiva, biológicas y químicas, brillan por su ausencia. Y aunque Bush, en repetidas ocasiones ha señalado que Hussein destruyó todo el arsenal bélico que supuestamente poseía, apenas en febrero pasado, el gobierno británico admitió por primera vez que existen interrogantes legítimos sobre la existencia de armas de destrucción masiva en Irak, porque, como bien se sabe, hasta ahora no se han encontrado en el país árabe.
‘ETERNA’ OCUPACIÓN, LA MUERTE ACECHA
Desde que George W. Bush anunció de manera oficial el inicio de la guerra contra Irak, las fuerzas aliadas se fueron concentrando, a paso veloz, por todo el territorio iraquí, hasta lograr, con la toma de Bagdad, la capital, apoderarse de todo el país. El régimen de Saddam Hussein llegó a su fin, más no así la ocupación estadounidense, o mejor dicho, la ocupación extranjera en Irak.
Y aunque hay quienes califican, hasta la fecha, de “intolerable” la ocupación en Irak, el Consejo de Gobierno Iraquí decidió a finales del año pasado que la Autoridad Provisional de la Coalición, que engloba a las fuerzas ocupantes, se disuelva, a más tardar, en junio de 2004.
Y aunque tres meses –de marzo a junio- relativamente no significa mucho tiempo, mientras la ocupación aliada persista en Irak, seguirá latente la ola de violencia en tierras iraquíes. Atentados y emboscadas buscan, en todo momento, acabar con las fuerzas de la coalición. Sin duda, este fenómeno es también parte de una “guerra sin hostilidades”.
Pero para Bush, no importa hasta dónde puede llegar el costo de la ocupación, mientras se logre restaurar el orden en Irak y reconstruir su infraestructura. Para mantener la ocupación en territorio iraquí, el presidente norteamericano ha llegado a pedir al Congreso de hasta 70 mil millones de pesos para financiar la ocupación militar. En abril de 2003, George W. Bush ya había conseguido un aumento de 79 mil millones de dólares, para enfrentar los costos de las operaciones en Irak y Afganistán.
Los musulmanes chiítas son quienes más exigen el fin de la ocupación estadounidense y, hasta la fecha, expresan su rechazo a lo que temen sea un gobierno “títere”, instalado por las fuerzas invasoras.