Haz click aquí para entrar al sitio especial 'Irak: un año después' CIUDAD DE MÉXICO, México, abr. 06, 2004.- Casi tres millones de mexicanos se congregan cada año en las estribaciones del Cerro de la Estrella, en Iztapalapa, al sur de la Ciudad de México, para rememorar la Pasión de Cristo, un espectáculo vivo en el que participan casi 6.000 personas.
Los protagonistas son 450 vecinos de todas las edades y los más de 5.000 nazarenos de este popular barrio, que se moviliza, año tras año, para llevar la cruz a lo alto del montículo.
La historia de la Pasión de Iztapalapa se remonta a 1843, diez años después de que este barrio, ubicado entre las calzadas de Tacuba e Iztapalapa, padeciera un brote de una epidemia de “cólera morbus” que diezmó a la población.
MISTURA CULTURAL
El barrio estuvo poblado por los “mexicas”, el pueblo prehispánico que llegó a dominar todo el Valle de México, una inmensa explanada pantanosa hoy desecada y habitada por más de 20 millones de personas.
El presidente del Comité Organizador de la Semana Santa de Iztapalapa, Tito Domínguez, explica que “la diferencia con la Semana Santa de Guatemala y de Centroamérica es que aquí se conjugan dos cosas importantes, la parte del catolicismo y la cultura prehispánica”.
“Coincidimos en un espacio que por muchos años nuestros ancestros consideraron sagrado, que es el Cerro de la Estrella, donde cada 52 años se encendía el fuego nuevo”, agrega el organizador.
Señala que “era la renovación de la vida; creo que es mucha coincidencia que también hagamos nosotros, y crucifiquemos a Jesucristo en este cerro cada año, con esto renovamos nuestra fe como católicos, yo creo que es la peculiaridad nuestra: ese sincretismo que conjuga las dos culturas”.
La Semana Santa local comienza a prepararse en enero, con la selección de los candidatos para encarnar a los distintos personajes.
Para ello se basan en un libro “el novelista y dramaturgo de Enrique Pérez Escrich, que es ´El mártir del Gólgota´, es un autor español de los siglos XVIII y XIX, que hace una interpretación de los evangelios y le da una forma de teatro ritual”.
Tito Domínguez, durante 11 años hizo el papel de Judas Iscariote, pero también los de Pedro y el de guardia romano.
La primera salida se hace el domingo de Ramos, que comienza con una misa temprana, a las ocho de la mañana, y la representación del cuadro con la entrada de Cristo a Jerusalén.
No hay pasos en andas ni saetas, sino música interpretada por clarines y trompetas y actores de carne y hueso que recuerdan los últimos momentos de gloria popular del Rey de los Cristianos.
MÁS DE 5.000 NAZARENOS
El barrio se echa a la calle por segunda vez al atardecer del Jueves Santo, momento del apresamiento de Jesús en Getsemaní, de las negaciones de Pedro, el desconcierto de los cristianos, en una procesión teatralizada que dura hasta la medianoche.
El Viernes Santo se consuma la Pasión: de ocho de la mañana a tres de la tarde asistimos al paseo de los más de 5.000 nazarenos, al juicio contra Cristo, al ascenso al Cerro de la Estrella, transformado en Monte Calvario, con el final conocido: la muerte en la cruz.
Este último día concentra los momentos más emotivos de la Pasión y para realzarlos el tenor Humberto Cravioto entona tres temas musicales: “Se busca”, de José Luis Rodríguez, “El Puma”, cuando empiezan los azotes; “La roca fría del Calvario”, durante la crucifixión, y un “Ave María” muy sentido.
Para Domínguez, cualquiera que visite Iztapalapa esos días volverá a su lugar de origen con “unos instantes que trastocan más que nada el tiempo, y la gente empieza a imaginar lo que está pasando, a meditar; creo que es lo que se llevan: el sentido reflexivo interior”.
Uno de los veteranos de la asociación civil religiosa es Jorge Ávila, de 64 años, quien comenzó a salir a los 14.
En este medio siglo de actuación ha interpretado varios papeles pero con el que más disfrutó fue con el de Heraldo, a quien Poncio Pilatos encarga publicar la sentencia de muerte de Cristo.
Ferviente seguidor del Señor de la Cuevita, la imagen del barrio, su mayor sacrificio ha sido “dejar el cigarro” para “prepararse la voz” y vocalizar como debe su parte.
Ávila cuenta que “este papel en realidad dentro de mi familia tiene muchos años. Mi papá, que yo me acuerde, salió veinte años en él. Después un hermano mío salió otros diez años. Y ahora yo con Dios, que me deja llegar, voy a cumplir cincuenta años saliendo”.
Aunque hace años los papeles en la Pasión se heredaban, actualmente ha cambiado el sistema para asignarlos y los jóvenes pueden hoy retar a sus mayores para intentar ser los protagonistas.
Explica que “nosotros nunca hemos tenido vocación de hacer arte dramático sino que a través de los años nos hemos ido puliendo”
. Jorge Ávila puntualiza que a pesar de interpretarse con personajes de carne y hueso, en la pasión más importante de México no se derrama una sola gota de sangre.
Dice que “todo es simulacro; se prepara al joven, hay unos clavos preparados en una forma que se golpean pero él mete la mano; queda hueco como si efectivamente le estuvieran clavando pero no se le lastima para nada, pero se le prepara, porque en realidad él camina cuatro kilómetros y medio con la cruz que pesa de 85 a 95 kilos”.
UN ESTUDIANTE DE MEDICINA Y UNA CONTABLE
Este año el papel de Jesucristo recae en el joven Adrián Espinosa, un estudiante de Medicina de 20 años, y el de Virgen María, en Carolina Cervantes, una contable de 24.
Ambos tienen que ser solteros, buenos católicos, contar con una buena voz, no tener novia o novio y comportarse con cierta corrección en las semanas previas a la Semana Santa.
Adrián Espinosa fue elegido este año entre quince aspirantes; se declara emocionado por su participación.
Y explica que se ha entregado en cuerpo y alma “es un trabajo muy duro, la cruz, he de soportar la presión, el sol; espiritualmente creo que es lo principal, hay que tener equilibrio, si te falla en cualquiera de los dos (cuerpo y alma), truena”.
Por su parte, Carolina Cervantes habla de su actuación como María como “un proyecto de vida que tenía y que ha logrado cumplir”.
Comenta que, en un papel tan observado como el de la Virgen, la mayor dificultad será conmover a otros, hacerles partícipes del “dolor, resignación, impotencia, coraje” que “se va a notar en lágrimas, en gestos”.
Y que se tiene la responsabilidad de transmitir su papel a manera de que la gente se adentre en el papel, “con lo que sientes, con la actuación que estás haciendo o con lo que estás sintiendo; no es fácil, realmente, entrar en el corazón de las personas, creo que esto es lo más difícil de este papel”.
Los preparativos del evento cuentan con algún apoyo oficial por parte de las autoridades de Iztapalapa en el aspecto logístico, pero en realidad los fondos para la puesta en escena salen de colectas populares y aportaciones de cada actuante.
EL PELIGRO URBANO
Pero hacer representaciones en una ciudad tan inmensa como México tiene un sinfín de inconvenientes.
Para ensayar un vecino presta el sencillo patio de su casa desde hace sesenta años. En un extremo montan una mesa con dos burrillas (andas), la cubren con una tela morada y encima le ponen un crucifijo. Siempre hay una oración antes del ensayo.
El presidente del comité organizador, Tito Domínguez, dice que la Pasión de Iztapalapa no llega a la Resurrección porque faltan medios.
No oculta que otro gran problema es el desdén con que las autoridades tratan el Cerro de la Estrella, el monte de alcanfores del barrio, muy erosionado y cada vez más invadido por casas.
Domínguez lamenta que “creo que lo que echo de menos es recordar Iztapalapa como fue hace muchos años, cuando fue una de las áreas agrícolas del Distrito Federal; esos espacios abiertos, su cerro tan virgen, ahora estamos inundados de una jungla de concreto y los pocos espacios están peleados políticamente para construir vivienda”.
El responsable de la organización recuerda que hace cuatro años hubo incluso quien se adjudicó terrenos en el centro para hacer nuevos desarrollos inmobiliarios ocupados por los “avecinados”, como denomina a las gentes que vienen de fuera al barrio.
Se enteró de repente que “parte de lo que es el predio de la Pasión estaba invadido por una organización que se dedica a hacer viviendas, que se llama Asamblea de Barrios”.
Concluye Domínguez con que espera que los proyectos de construcción “no pasen, pero siendo honesto, el propio desarrollo, la propia dinámica de crecimiento urbano nos va desplazando. Posiblemente, si la Semana Santa se sigue haciendo en el cerro, será en un espacio muy reducido, o sólo que las autoridades mexicanas o locales declaren esto nuevamente como Patrimonio de la Humanidad”.