CIUDAD DE MÉXICO, México, jun. 27, 2004.- Este domingo miles de personas participaron, en la ciudad de México, en la marcha contra la delincuencia. La cita fue en el Ángel de la Independencia, desde donde el contingente marchó con rumbo al Zócalo capitalino.
11:15. Al llegar al Ángel, no se puede sino sentir el reclamo de la ciudad cansada. De entre las esquinas, las veredas y las calles, nace un dolor que no se mide por lágrimas: este dolor –parafraseando a Sabines- se mide por pasos, por aplausos, por el cálido sabor que tiene el gritar “México” en esta batalla de la paz: la marcha contra la impunidad y la violencia. El silencio se ha quedado para después.
11:30. La mirada se pierde de frente: los primeros reportes hablan de miles de personas recorriendo Paseo de la Reforma rumbo a la avenida Juárez y el Zócalo. Otros afirman que ya son millones. Lo que importa es que somos, que aquí estamos. Ya lo decía Benedetti: “{...}Y en la calle/ codo a codo/ somos muchos más que dos/”. Después de todo, este sueño no quiere saber de cifras porque no las quiere, porque no las necesita.
12:23. La calle está tomada, pero entre pláticas de fútbol, moda y política, todo esto parece perder sentido. Asoma el cansancio, el sol de junio y un tímido verano que se acrecienta minuto a minuto. Valdría más regresar. Sin embargo, en el centro de la multitud, una niña pequeña carga un letrero: “No estamos todos. Faltan...” Y porque faltan muchos, hay que seguir. Y marchamos.
12:42. Un contingente organizador de la marcha, grita por altavoces: “El Zócalo ya está lleno, así que a la una, en donde estén, se canta el himno”. ¿Y nos vamos? ¡No! Nosotros no nos vamos a quedar aquí, tenemos que llegar: nos lo exige la conciencia y la memoria, el recuerdo de los muertos y los desaparecidos y los plagiados y los amenazados que no están aquí y sin embargo están de la única forma que hubieran podido estar y caminar con nosotros y empujarnos en este reclamo pasos, piernas y voces: con el corazón, ellos, los ausentes, aquí están.
13:50. Cerca del Zócalo, las pancartas, letreros y mantas son numerosas y se vuelven a alzar. Nadie nos enseñó a pedir justicia cuando niños, pero hemos aprendido bien gritando el nombre que llevamos tatuado en la piel. El nombre que nos reconoce: “México, México, México.”
14:10. Este es el comienzo del fin. Ríos de gente recorren en sentido contrario las calles de Madero y Cinco de Mayo. Sus miradas nos invitan a persistir, pero sus voces y gritos también nos dejan un sueño. El sueño que México ha construido en su Zócalo. Porque mañana, nadie podrá subir al metro, cocinar, encender la computadora, barrer la calle, despertar, hablar por teléfono, leer los diarios o mirar la televisión, sin pensar en la lucha por esta nuestra esperanza ya comenzada. La esperanza por un sueño, que en la guerra contra el miedo y la ignonimia que sentimos, habrá de caer, pero que nosotros nuevamente, la sabremos volver levantar y volverla a pintar de blanco.