CIUDAD DE MÉXICO, México, ene. 13, 2004.- En 1960 la televisión norteamericana transmitió el documental: Una cosecha de Vergüenza que reflejaba las condiciones de esclavitud de los trabajadores migrantes en los campos del sur de la Florida. Desde entonces muchas cosas han cambiado... pero en los campos del sur de la Florida, 44 años después, ahí siguen los trabajadores indocumentados. Sólo han cambiado sus rostros.
A poco más de dos horas de ese espejismo llamado Miami, se encuentra el otro rostro de la Florida. Ahí donde no hay palmeras, ni playa, ni bikinis, sólo rostros cansados y manos ajadas por la explotación, disfrazada de trabajo.
Es Immokalee, tierra de esclavos...
Muy poco se escucha hablar de esta comunidad de apenas 20 mil habitantes, en su mayoría inmigrantes de México, Guatemala y Haití.
“No es el Estados Unidos que pensamos. Realmente si tu te das cuenta Immokalee es un pueblo que se podría comparar con cualquier otro lugar en México o cualquier otro lugar en Guatemala o cualquier otro país considerado del tercer mundo”, comenta Lucas Benítez de la Coalición de Trabajadores de Immokalee.
No sólo son discriminados por su raza, sino también por su pobreza, y no sólo por sus patrones directos, los contratistas, sino por los propios anglosajones, los dueños de los campos, que los ven como un mal necesario.
Laura Germino activista de derechos humanos ha documentado los casos más recientes de esclavitud en el sur de la Florida, esclavitud con todas sus letras, en pleno siglo XXI, en este, el país de las libertades, que se jacta de haber roto las cadenas, hace 148 años.
“Desde 1997 se han registrado cinco procesos criminales en donde nosotros hemos intervenido, casos que involucran operaciones de hasta 400 trabajadores a la vez, 800 trabajadores, gente que esta detenida contra su voluntad, que no viven en libertad, trabajan por nada o casi nada, bajo condiciones de amenaza o violencia”, comentó Germino, de la Coalición de Trabajadores de Immokale.
Para llegar a Immokalee hay que cruzar por los Everglades, los pantanos más famosos de Estados Unidos. Este era el antiguo territorio de la tribu seminola.
Condenados al olvido, todavía quedan algunas reservaciones indias y este letrero a la orilla de la carretera 75, es sólo una advertencia al presidente George Bush, de que siguen en pie de lucha.
Immokalee significa "mi hogar", en el dialecto seminol. Para los trabajadores agrícolas mexicanos este nunca ha sido su hogar.
Sabemos que hemos llegado a Immokalee, porque no hay nada ni edificios ni grandes avenidas, mucho menos grandes cadenas de tiendas o restaurantes. Si acaso algunas fondas de comida mexicana; casi no hay autos, aquí son un lujo; casi no hay casas, sólo viejos y desvencijados remolques que se utilizan como viviendas. Lo que sí hay, son muchas bicicletas y gente hablando en dialectos indígenas del sureste de México.
De pronto pareciera que estamos en cualquier pueblo de Chiapas o de Oaxaca. Pero este es uno de los rincones olvidados de Estados Unidos, en donde la vida... De no ser por los dólares, sería mucho peor que en ese pasado llamado México...
Aquí viven los piscadores: recoletores de tomate, naranja, frutas y legumbres, es la fuerza laboral que mantiene viva a la economía de la Florida. A base de su sudor, de su explotación y en algunos casos de su esclavitud.
En el invierno la voz corre de prisa en la frontera norte de México la noticia pasa de boca en boca... Ha comenzado la pisca en el sur de la Florida.
Por estos días, Immokalee deja de ser un pueblo fantasma y se transforma en símbolo del sueño americano.
Desde 1980 Immokalee es el corazón de los cítricos de toda la costa este de los Estados Unidos y justo aquí están las raíces del lado oscuro de la industria agrícola de la unión americana.
En Immokalee los jornaleros viven hacinados en viejas e inservibles casas remolque a las que llaman "trailas" y por las que pagan elevadas rentas, como si se tratara de hoteles de cinco estrellas.
En cada una de "las trailas", construidas para una familia promedio de cuatro personas, llegan a dormir entre ocho y 12 trabajadores.
Estas viviendas, calurosas en el verano y frías en el invierno, han sido adaptadas en espacios de apenas tres metros cuadrados, en donde viven parejas, hombres solos o familias completas.
No tienen aire acondicionado, ni teléfono, en ocasiones duermen en el piso, compartiendo un baño que hiede y una diminuta cocina, entre telarañas, insectos y ratas.
No tienen otra alternativa porque entre todos los que habitan la traila, niños y adultos, tienen que reunir la renta semanal que oscila entre los 200 y 400 dólares.
El precio que se paga en Immokalee por el alquiler de una casa, es similar a lo que se pagaría en cualquier departamento de tipo medio en Miami.
Mientras, "los bolillos", como le llaman a los blancos, los dueños de las granjas, viven en las mansiones de naples, una ciudad localizada a tan sólo 40 kilómetros de los campos Immokalee los campos de la desesperación.
La familia Blocker es dueña de la mitad del pueblo, son propietarios de la mayoría de "las trailas" o casas remolque y no permiten la presencia de extraños, mucho menos de la prensa.
La familia Blocker sólo es un eslabón más de la cadena, de esa forma de esclavitud moderna, tan dramática pero tan cotidiana en este pueblo del sur de la Florida.
Immokalee es tan pequeño que nadie sabe donde queda el centro pero todos los días los trabajadores agrícolas se reúnen en dos estacionamientos, de donde salen los camiones que los llevarán hasta las plantaciones.
Aquí el día comienza a las cuatro de la madrugada en el invierno, el frío aprieta el cuerpo y el hambre se consuela con apenas un café y un pan.
Al alba, casi con el estómago vacío, los trabajadores son reclutados por los contratistas. Los más jóvenes consiguen trabajo más fácil. Los más viejos, se conforman con lo que sea.
Así comienza la dura, durísima labor de los piscadores que se convierte en una frenética competencia para llenar la mayor cantidad de cubetas de tomate o naranja, de eso depende su salario.
Este equipo de Los Reporteros entró de forma encubierta a uno de los campos de cultivo de tomate.
Las grandes compañías, ni los pequeños propietarios, permiten el acceso de la prensa a sus granjas pareciera que ocultan algo.
Las imágenes de Enrique Murillo, camarógrafo de Los Reporteros, demuestran que en algunas plantaciones del sur de la Florida se realizan prácticas de lo que en estados unidos se conoce como "Sweatshops" o fábricas de explotación, que grupos de derechos humanos han calificado como esclavitud moderna.
“Los inmigrantes trabajan jornadas de hasta 14 horas, no descansan un sólo día, pero no les pagan horas extras, no tienen seguro, no tienen derecho a organizarse en sindicatos y reciben menos de la mitad de un salario mínimo en Estados Unidos, eso no tiene otro nombre más que explotación”, dice Julia Perkins, de la Coalición de Trabajadores de Immokalee.
Mientras el contratista se descuida, grabamos un día de labor. Se trabaja en cuclillas durante largas horas bajo el Sol. Hay que limpiar cada mata y separar los tomates maduros de los verdes, algunos usan guantes, pero la mayoría no cuenta con protección.
No lo saben, pero los pesticidas que se utilizan en los campos de cultivo, pueden ser un factor de riesgo de cáncer; pero en la granja, lo único que importa es "el ticket".
Se trata de una ficha que se les entrega por cada cubeta de 15 kilos que logran llenar, cada ficha vale menos de la mitad de un dólar.
El trabajo se paga a destajo y en el caso del tomate desde hace más de 20 años, se paga a los migrantes 40 o 45 centavos de dólar por cubeta recolectada.
Al final de la jornada las fichas son contadas y cada viernes se les cancela el total de cubetas recolectadas, pero no hay registros, ni inventarios, todo queda a la discreción del contratista.
En las condiciones actuales, para alcanzar un salario mínimo en Estados Unidos sería necesario que los jornaleros llenarán 13 cubetas de tomate por hora.
Un piscador experimentado puede llenar entre 100 y 120 cubetas al día, que representa entre 45 y 55 dólares, un salario semanal que sobrepasa los 280 dólares.
En México, esa cantidad sería suficiente para los gastos mínimos, pero en Estados Unidos, ese salario está por debajo de la línea de la pobreza.
Ese dinero le debe alcanzar al migrante para la renta, para comer, para pagarle al raitero que lo transporta a otros estados donde es temporada de cosechas, para las tarjetas telefónicas que les permiten llamar a México y para mandar la remesa a sus familias.
Mientras en los campos, los jornaleros corren sobre los surcos con la cubeta al hombro y se amontonan en los camiones de recolección.
Al caer la noche, los jornaleros regresan del campo, sus rostros lo dicen todo, sus miradas reflejan la amarga realidad, sus ropas están manchadas y sus manos sucias con la tierra de Florida. Mientras otros con las manos limpias, cuentan las ganancias, las jugosas ganancias.
A las afueras de Immokale, en la localidad de La Belle, logramos entrar a un campo de naranjas con un grupo de estudiantes de la universidad de Chicago.
El contratista no sospecha, incluso nos permite utilizar la cámara.
Aquí el trabajo es diferente, las horas de labor son más largas, pero se paga mejor que el tomate.
Las condiciones laborales son las mismas. Los jornaleros no cuentan con lentes especiales que los protejan de las ramas, no tienen seguro y tampoco les pagan horas extras.
Cada trabajador debe recolectar 10 costales, que se depositan en una tina, que se le conoce como baño.
En promedio logran recolectar hasta 10 baños en una jornada y reciben hasta 70 o 75 dólares al día.
Una máquina, a la que llaman "chiva", va recogiendo los baños o tinas que deposita directamente en los camiones de carga a los trabajadores se les arroja una ficha con la que pueden reclamar el pago.
Muy pocos imaginan que detrás de un jugo de naranja o un desayuno en los restaurantes de comida rápida de Estados Unidos, se esconden las imágenes de campesinos mexicanos explotados en los campos del sur de la Florida.
Con el paso de los años, se ha gestado en Immokalee un movimiento de trabajadores para denunciar los casos de esclavitud, los abusos de los contratistas y demandar mejores condiciones laborales.
En 1999, realizaron una huelga general que paro los campos de cultivo de Immokalee.
Pocos, muy pocos saben en México quien es Lucas Benítez, pero en Estados Unidos se perfila como el nuevo César Chávez.
Activista de la coalición de trabajadores de Immokalee, este campesino mexicano ha logrado que su voz se escuche hasta Washington, ha denunciado los peores casos de esclavitud en el sur de la Florida.
Su organización cuenta con más de dos mil 500 miembros, todos trabajadores agrícolas, que son sus ojos y sus oídos en los campos.
La coalición ha trabajado en seis investigaciones que permitieron poner tras las rejas a contratistas que mantenían en condiciones de esclavitud a los trabajadores.
Hace dos años iniciaron una campaña nacional de boicot contra la cadena de comida rápida Taco Bell, a la que señalan como una de las principales promotoras de la explotación de los migrantes que trabajan en los campos del sur de la Florida.
Para Lucas Benítez la ecuación es simple: los dueños de Taco Bell, que son los mayores compradores de tomates que se producen en Immokalee, son los que tienen el poder para presionar a los rancheros para que aumenten el salario de los trabajadores agrícolas.
Sólo piden un incremento de un centavo de dólar por cubeta de tomate recolectada por sus trabajadores.
Aseguran que solo Taco Bell puede presionar a los propietarios de las granjas para que los contratistas ofrezcan mejores salarios a los trabajadores.
Taco Bell, es parte de la firma Yum Brands con sede en Louisville, Kentucky, que es la compañía de restaurantes más grande del mundo con 33 mil establecimientos de comida rápida en más de 100 países y genera dos mil millones de dólares anuales en ventas.
Los trabajadores sólo están solicitando que les paguen a sus proveedores un centavo de dólar más por cada libra de tomate recolectado.