¿Sabía usted que existen los escritores que escriben sexy y los que no? Y no es porque nos hablen de sexo sino porque su escritura nos atrae casi de manera automática.
Una escritura sexy es, por ejemplo, la de Jaime Sabines. Otro gran escritor menos sexy es José Gorostiza, el de Muerte sin fin. Tal vez algunos críticos piensen que Gorostiza es superior a Sabines pero eso no importa. Lo que ahora nos importa es distinguir las distintas dosis de sexapeal entre dos grandes escritores. Y así como una mujer sexy convoca multitudes, con la escritura sexy ocurre lo mismo. ¿Recuerda la multitud que abarrotó al Palacio de Bellas Artes en el último recital de Sabines?
¿Cómo medir la dosis de sex appeal en un texto? ¿Por la perfección de la escritura? Creo que no. Así como existen cuerpos perfectos que no proyectan mucho, existen otros que, con los mismos recursos, o con menos, proyectan más. Una María Félix sin carácter sólo habría sido una bella más. Lo mismo ocurre en materia literaria. Hay escritores que escriben textos perfectos que son como un baúl de plata vacío. Otros, en cambio, encierran en sus páginas un secreto, el secreto de la vida.
No quiero decir que los poemas de Gorostiza sólo sean mecanismos perfectos como existen muchos. Me refiero a otros escritores: en el caso de Gorostiza convendría decir que sus poemas simplemente no se entregan a la primera mientras que los Sabines, sí.
Seguramente por una sobredosis de sex appeal Elena Poniatowska es, para Carlos Monsiváis, la mejor cronista de México y, sin duda, una de nuestras mejores escritoras. Recuerdo que hace un par de años los chinos, que quieren comerse al mundo, organizaron uno de los más importantes congresos internacionales de escritores. Después de varios estudios y evaluaciones escogieron a sus invitados. Prácticamente puros Premios Nobel. Al único escritor en español que escogieron de toda América fue a Elena Poniatwska, quien acaba de ganar el premio Rómulo Gallegos por su novela El tren pasa primero.
Con sus cuentos, crónicas y novelas Poniatowska nos cuenta historias. Historias con personajes ficticios o verdaderos pero en las que persiste el ánimo de contar. Por sus párrafos, por sus líneas, transcurre la vida: los grandes momentos de nuestra historia y la vida menuda que nos envuelve a todos, con sus miserias y con las pasiones que nos sacuden.
Una de las características de los libros de Poniatowska son las voces de sus personajes, sean o no de carne y hueso. Hasta no verte Jesús mío es una novela vigorosa porque su atmósfera y el perfil del personaje central están construidos con el propio lenguaje de Jesusa Palancares. En esta novela la forma es fondo. Igual sucede con Fuerte es el silencio, con La noche de Tlatelolco y con El Tren pasa primero, algunos de los libros más sexys de Poniatowska.
El tren pasa primero cuenta la historia del movimiento ferrocarrilero en México pero también el cuento de la vida donde huele a sexo, a carbón y a lámparas de petróleo. Donde hombres y mujeres, Trinidad y Bárbara, se la juegan por la lucha social y por la vida sencilla en la que el pan se parte con las manos. El tren pasa primero es una locomotora para cruzar puentes y agarrar camino y para saber que los grandes escritores son la voz la tribu.
Ciudad de México, julio 20, 2007