Aunque se sabe, conviene recordarlo: la mejor biografía de Frida Kahlo está en sus cuadros
Aunque se sabe, conviene recordarlo: la mejor biografía de Frida Kahlo está en sus cuadros. Cada dibujo, apunte, grabado, acuarela, óleo, traza su perfil y las líneas de su mano. Cada color desbordado en líneas gruesas o anunciado apenas en finísimas sombras, la intensidad de su espíritu. Pocas obras son tan claramente autobiográficas como las de Frida. En sus lienzos están sus amigos y sus amores, su cuerpo roto, sus abortos, su dolor multiplicado, sus sueños en los que hablaba con los muertos, sus horas tendidas en la cama que fueron días, que fueron meses, que fueron años.
¿Por eso nos gusta tanto su pintura? ¿Por autobiográfica? ¿O porque vio al dolor como no lo habíamos visto? En buena parte de sus cuadros Frida nos mira distante y dolorosa, estoica y resignada. La mayor influencia que tuvo su pintura fue el dolor, como escribió hace tiempo el poeta Luis Cardoza y Aragón. Frida llora en sus cuadros y sangra y sufre pero, sobre todo, nos mira.
En alguna de sus cartas, que actualmente circulan, la pintora dijo que sólo quería retratar a sus emociones. Y si la idea era tomarle el pulso a sus emociones, qué mejor manera que hacerlo frente a un espejo donde lo mismo se mira flechada como un venado, cocida por alfileres, o rota o acompañada por un simio o impávida con el corazón desnudo. Durante una década, la primera de su oficio, Frida Kahlo sólo buscó “eliminar” de su obra “todo aquello que no proviniera de los móviles líricos internos que me impulsaban a pintar”. Eso hizo desde entonces y hasta el final de su vida.
Una constante de su pintura es, me parece, la pasión desbordada. Los días que nos muestra en sus lienzos son como si fueran el último o, quizá, el primero: en sus cuadros Frida todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta como dice la escritura. El mundo con sus intensidades la ha hechizado.
Para el padre del surrealismo, André Bretón, “la belleza será convulsiva o no será”. No pocos cuadros de la pintora de Kahlo cumplen con esa exigencia de quien fuera su principal promotor en Europa. Piense si no en “La columna rota” en “Las dos Fridas”, en “Unos cuando piquetitos”, en “Hospital Henry Ford”, en “Pensando en la muerte”, o en “Autorretrato con monos”. Esos cuadros le mueven el piso a cualquiera: nos mandan al sótano para mirar la claridad del misterio que es la vida o nos hacen subir algunos pisos donde el mundo tiene un ligero aumento de luz.
Vida acechada por la muerte, Frida Kahlo escribió en uno de sus cuadernos estos versos que describen su obra con unas cuantas palabras:
La tristeza se retrata En todita mi pintura, Pero así es mi condición Ya no tengo compostura.
Algo debe tener la pintura de Frida Kahlo que ha sobrevivido, y de muy buena forma, a tantos años y a su terrible biografía. Existen historias trágicas que no pasan de eso pero a la de Frida la sostiene la fuerza de su pintura. Si no, no entiendo por qué se convirtió, en una cuantas décadas, en uno de los mayores iconos del calendario laico de todo el mundo
Cada quien su Frida nos dice la actriz Ofelia Medina. Tal vez por eso sobrevive: porque cada quien, porque cada nuevo espectador, la inventa mientras mira azorado, sus cuadros.
La obra de Frida es un “close up” de las emociones, del amor loco que profesó a un Diego amigo, amante, hijo, perro, y al dolor impúdico que la atormentó la mayor parte de sus días. A cien años de su natalicio podemos decir que Frida Kahlo tendrá siempre dos nacimientos. El de aquel 6 de julio de 1907 que hoy recordamos, y el del día en que mire algunos de sus cuadros por primera vez cualquier espectador.