MERIDIANO: Una década sin Diana

 
 
por: Leonardo Kourchenko
Fuente: Noticieros Televisa
 

A 10 años de su fallecimiento el recuerdo de la princesa de Gales está más vivo que nunca. Los ingleses han construido un auténtico icono de su nombre

 
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CIUDAD DE MÉXICO, México, ago. 31, 2007.- La vi una vez, de coche a coche en High Street Kensington, una avenida importante que rodea los jardines de Kensington y desemboca, en dirección al centro de Londres, en Knightsbridge, el exclusivo barrio donde se ubica Harrods y otras importantes tiendas.

El automóvil había salido del Palacio de Kensington, su residencia oficial durante su matrimonio, e incluso después de su divorcio del príncipe de Gales. Era sábado por la noche, iba vestida con la elegancia que la caracterizaba y acompañada por sus dos pequeños hijos, William y Harry. Coincidimos en un semáforo y a pesar de que ya me había percatado de quién viajaba en el automóvil de al lado por la seguridad y los escoltas, no pude evitar lanzar una mirada curiosa por la ventanilla del auto. Al verla jugando con sus hijos en una sonrisa de complicidad, no pude evitar el quedar deslumbrado por su naturalidad y sencillez.

Al día siguiente por el periódico me enteré que había llevado a sus hijos, los jóvenes príncipes, a ver el musical “Vaselina” en uno de los muchos teatros del West End.

Durante el par de años en que serví como corresponsal de Noticieros de Televisa en Londres, cubrí múltiples historias relacionadas con la familia real. No porque fueran, ni cercanamente, el tema central de mi asignación como corresponsal, ni porque representaran el punto principal de interés para las audiencias que seguían nuestras señales. Simplemente porque eran notas que le daban la vuelta al mundo y despertaban siempre una expectación generalizada.

En esos años, a principios de los años 90, cuando ya el tercer hijo de la reina Isabel II, el príncipe Andrés se había separado de su escandalosa esposa Sarah Ferguson, Duquesa de York, e incluso, cuando la Princesa Real Ana ─la segunda hija de la Reina─ iniciaba su segundo matrimonio, existía esta apreciación muy extendida entre el pueblo inglés en torno a la utilidad, el beneficio y el rol de ejemplaridad que supuestamente “desempeñaba” la familia real.

Para ese entonces ya eran públicas las diferencias entre Carlos y Diana. La primera biografía de la Princesa con las revelaciones en torno a su bulimia, sus depresiones y su incompatible matrimonio con el heredero a la corona “Diana, her True Story” de Andrew Morton, circulaba ya por las librerías de toda Europa y Estados Unidos. Con o sin la autorización de la todavía princesa de Gales, las confesiones de un matrimonio fallido que derrumbaba la ilusión del cuento de hadas, representó un severo golpe a la derruida imagen que la familia había tratado de reconstruir por más de cinco décadas.

No fue, ciertamente, la primera crisis de la familia real británica en el siglo XX. Entre otras, está el cambio de nombre al estallar la Primera Guerra Mundial. En 1915 pasaron de Battenberg ─un apellido alemán por su origen─ a Windsor, cuando el rey Jorge V marcó así una clara distancia con su primo hermano el Kaiser Guillermo II (nieto de la Reina Victoria) quien declaró la guerra sin mayores miramientos.

Otra crisis, tal vez la más grave y sonada en su momento, fue la abdicación al trono de Eduardo VIII en 1936, para casarse con la estadounidense dos veces divorciada Wallis Simpson, cediendo la corona a su hermano Bertie, quien se convertiría en Jorge VI, padre de Isabel II.

Eduardo VIII pasó a convertirse en el duque de Windsor e inició un largo exilio de 46 años en Francia, con un breve periodo como gobernador de Bermudas. Sólo regresó a pisar suelo inglés para atender a los funerales de su hermano el rey Jorge VI en 1952 y a los funerales de su madre, la viuda reina María en 1954. Su amor por encima de su deber, le costó la factura del exilio y el alejamiento durante el resto de su vida.

Una más y en algún sentido semejante a las que vendrían años más adelante, fue el romance de la princesa Margarita, hermana de Isabel II, quien se enamoró de un joven y apuesto oficial del ejército británico a mediados de los años 50. La relación fue interrumpida por ser considerada “inadecuada” para la Princesa, el oficial fue separado de su cargo y enviado al extranjero como agregado militar por largos años.

Para ellos, los “royals” como se les conoce en el Reino Unido, las lecciones de la historia han sido enérgicas y en más de una ocasión, han exigido un elevado costo de renuncia y sacrificio personal, para colocar por encima de todo, el deber para con la patria y la monarquía. Por ello Eduardo VIII nunca fue perdonado del todo, a pesar de ocupar un lugar especial en los corazones románticos de las jóvenes de entonces: “dejó el trono por amor” se leía en los titulares previos a la Segunda Guerra Mundial. Y es por esa misma razón que la figura de Jorge VI, un hombre tímido, inseguro, medio tartamudo, sin el carisma y la personalidad seductora de su hermano David (Eduardo VIII), cobró mucha más relevancia y admiración del pueblo inglés al asumir con entereza su función como jefe de Estado durante la guerra. Jorge VI decidió permanecer en Londres durante los intensos bombardeos nazis sobre la ciudad, demostrando un compromiso y lealtad que al pueblo inglés, conquistó por encima de cualquier historia de amor.

Es en este contexto que Lady Diana Spencer vino a representar un profundo aire de renovación. Una figura fresca de origen aristócrata pero no real, con una mirada contemporánea y un acercamiento más normal e igualitario con la gente, con el pueblo.

En realidad ella no lo sabía, sino que lo fue descubriendo con el tiempo, encontrando su función, aportando su carisma y personalidad a un rol, el de princesa de palacio, anquilosado y obsoleto, que ella modernizó en muchos sentidos.

Diana se casó a los 19 años de edad con Carlos de Inglaterra, príncipe de Gales y heredero al trono británico. Joven, inmadura, inexperta y en muchos sentidos deslumbrada por su príncipe azul, parecía más un cuento de hadas que una historia auténtica. En la misma entrevista que les hacen en el Palacio de Buckingham unas horas de su compromiso, el reportero de la BBC les pregunta ¿están enamorados? a lo que la tímida Diana vestida de azul y con una mirada de niña asustada frente a las cámaras, afirma incontrovertible: “por supuesto”, mientras que Carlos de 32 años responde lacónico, “lo que sea que el amor signifique”. Ahí se resume lo que esa pareja viviría los próximos 15 años: una niña que se enamoró de un príncipe, y un príncipe que estaba cumpliendo con su obligación y su deber en calidad de heredero: casarse, de preferencia con una joven inglesa, sin historias, ni pasado, ni escándalos y la segunda obligación natural para cumplir con su función: procrear un heredero para garantizar la línea sucesoria.

Diana no entendió y le costó años de lágrimas, terapias, “escenas”, gritos, pataletas, caprichos y revanchas para recuperar el amor de un esposo que nunca había estado enamorado de ella, sino que, simplemente, había cumplido con su deber.

Sin embargo esta joven extraviada que creyó el cuento de hadas a finales de pleno siglo XX, se transformó en una poderosa figura para la monarquía británica. En menos de cinco años, los primeros de su matrimonio y tal vez, según sus biógrafos los más difíciles, Diana era la personalidad más popular de la familia real tan sólo después de la reina Madre. Atendía a más funciones públicas de beneficencia que cualquier otro miembro de la familia. Un año antes de morir Diana arrasaba con el récord familiar realizando 600 eventos al año, casi dos diarios.

En sus giras por el mundo acompañando a su marido, eran célebres los cambios de línea: la gente que quería saludarlos en la India o Tailandia, se formaba en una valla ancha, en medio de la cual caminaban los príncipes, saludando de mano a las personas. Cuando la gente veía de qué lado venía Diana, se cambia para saludarla a ella antes que a su esposo.

Esto generó un sentimiento de recelo por parte de Carlos, a quien le costaba trabajo aceptar la popularidad de la princesa. En más de una ocasión, el “staff” de palacio le impedía a Diana asistir a un evento, para evitar que le robara el titular o la foto del periódico a su marido, que encabezaba alguna otra función pública.

Entre 1981 y 1990, Diana se transformó de una joven tímida, insegura, con limitadas cualidades intelectuales o académicas ─así lo muestran sus calificaciones escolares─ a una figura pública glamorosa, moderna, comprometida con las causas sociales y los enfermos. Pasó de ser una maestra asistente en una escuela primaria, amante de la natación y el ballet, esforzada aprendiz de oratoria y madre entregada a sus hijos, a una personalidad que refrescaba la imagen pública de la familia real.

Sus cualidades fueron la sencillez, la facilidad de trato, la cercanía humana y la calidez, que le permitieron, sin reservas, acercarse a la gente, tocarla, establecer contacto auténtico con otras personas como enfermos y víctimas de guerras y conflictos. Marcó una enorme diferencia con el estilo de sus familiares políticos, educados en la distancia y el mundo encerrado de los palacios y la nobleza.

Para los Windsor, la experiencia histórica les había dejado importantes lecciones. Su capacidad para adaptarse a los cambios de los tiempos, para entender el nuevo fluir de la historia, les había permitido sobrevivir como institución monárquica y como familia real en el trono.

En los últimos 20 años del siglo XX, la monarquía como institución había venido sufriendo una serie de cuestionamientos y críticas sobre su función y su capacidad para encabezar al Estado. Múltiples reformas han tenido lugar, como el pago de impuestos de todos los miembros de la familia real, la disminución del presupuesto estatal destinado a la Casa Real (el mantenimiento de palacios, flota aérea, flota naval, vehículos y pensiones) y otras más.

A pesar de esto, de contar con esa casi genética habilidad para cambiar y adaptarse, fueron incapaces de apreciar y, más aún, de capitalizar el enorme potencial mediático y de imagen de la princesa Diana. Las diferencias matrimoniales, su gradual separación de la familia, la indiscutible reprobación de que fue objeto por parte de su suegro el príncipe Felipe, Duque de Edimburgo y de la reina Madre a partir de la publicación del primer libro de Andrew Morton, causaron el irreparable rompimiento de la pareja y de la princesa con su familia política.

En contraste Diana creció, maduró como persona y como figura pública, prometió permanecer como “Reina en el corazón de la gente” en el momento de su divorcio y expandió sus horizontes con sólidos aires de libertad. Fortalecer su rol humanitario, extender su acción a víctimas de la guerra y de las minas personales en África, se fue convirtiendo en su meta principal.

Al final de su vida, Diana estaba segura de educar a sus hijos en un ambiente más normal y cotidiano que el mundo de los palacios y las recepciones. Le preocupaba formar seres más humanos, sensibles, cercanos a la realidad contemporánea y no encerrados en la esfera protocolaria de Buckingham o Windsor.

La princesa Diana representó un símbolo de renovación en la decadente realeza europea de finales del siglo XX, una fresca y humana bocanada de oxígeno para una institución, que según los propios británicos, debía ser renovada, modernizada, actualizada.

 
A diez años de su muerte los ingleses hicieron de Diana un icono de su historia
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Foto: Cortesía
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