CIUDAD DE MÉXICO, México, sep. 2005.- En medio de un escenario desolador, entre el hedor a humo, polvo y cadáveres emanado de edificios derrumbados, un grupo espontáneo de jóvenes se dio a la tarea de rescatar sobrevivientes y cadáveres. Nada sabían en ese momento de primeros auxilios ni de rescate, pero ahí comenzaron "Los Topos".
Empujados por la determinación de su juventud, aquellos adolescentes arriesgaron sus vidas para introducirse a través de los huecos en los derrumbados edificios de Tlatelolco después de un temblor de poco más de ocho grados en la escala de Richter ocurrido en la Ciudad de México, el 19 de septiembre de 1985. Los medios de comunicación los bautizarían días mas tarde como "Los Topos".
Rafael López, uno de aquellos muchachos que decididos acudieron desde el 20 de septiembre hasta mediados de noviembre de ese año a Tlatelolco para brindar su ayuda, revela como superar por primera vez el terror que sintió le dio el valor para participar en el rescate de 15 sobrevivientes y 447 cadáveres.
"El miedo que tuvimos desde el principio siempre estaba presente. No sabías ni qué hacer, el escenario era impactante: te impresionaba ver edificios colapsados, humeando, escombros inestables, y todavía más cuando tenías que meterte al edificio", recuerda Rafael.
SURGEN LOS ‘TOPOS’
A dos décadas de aquella tragedia que sorprendió a los habitantes del Distrito Federal a las 7:19 horas, Rafael expone cómo surgió lo que habría de constituirse en la Brigada Topos de Tlatelolco.
Hoy día, ya con experiencia y una adecuada capacitación técnica y científica, colaboran y dan apoyo en siniestros en México y otras partes del mundo donde requieren de su ayuda, como ocurrió en diciembre pasado en Indonesia, asolada por el tsunami.
"Tenía 19 años, quería estudiar veterinaria. Estaba en mi casa, me preparaba a ir a la escuela cuando empezó a temblar. Desperté a mis hermanos. Cuando se calmó, los llevé a la primaria pero no los dejaron entrar. Mis papás se habían ido a trabajar al centro y llegaron hasta las cinco de la tarde", narra Rafael.
Con nostalgia continúa su relato y da gracias a Dios que su mamá llegara tarde ese día a su trabajo en un restaurante que se localizaba en la calle de Lafragua y Plaza de la República, porque, como muchas más, aquella construcción se colapsó a causa del terremoto.
Al día siguiente, el 20 de septiembre, acompañó a sus padres al centro. "Caminaba por calles destruidas y se escuchaba en las noticias que el edificio Nuevo León se había derrumbado. Vi pasar unas camionetas que convocaban a la gente a que fuéramos a ayudar".
De regreso a su casa y sin pensarlo mucho preparó una limitada maleta, tomó una cantimplora, buscó un casco, se calzó las botas y se dirigió a Tlatelolco para incorporarse como voluntario donde lo pondrían a recoger cadáveres para llevarlos a la fosa común.
Como él, comenzaron a llegar a la zona afectada en la unidad Nonoalco-Taltelolco otros jóvenes para ofrecer su apoyo como voluntarios, y fue como se conocieron los que posteriormente llamaron "Los Topos".
"Desde mi llegada me integré a una improvisada brigada para levantar cadáveres y trasladarlos a la fosa común. Aquello era terrible, brutal: 30 cadáveres tirados en la banqueta, hombres, mujeres y niños destrozados por el derrumbe".
A casi 20 años de aquella mañana que conmocionó a los capitalinos y a la comunidad internacional, el "Topo Rafael" platica dejando entrever diversas emociones cómo tuvo que cargar cadáveres para ponerlos en un camión, lo que fue muy impactante.
Sin pretender juzgar a quienes desertaron por motivos que tampoco pretende averiguar, indica que aquella brigada de 12 muchachos asignados a esa tarea, en unos cuántos días se redujo a sólo tres personas.
"Yo tenía 19 años, era de los más chavos. Había otro, Andrés Mendoza, que era más joven que yo. En el edificio Nuevo León nos tocó participar en el primer rescate de sobrevivientes cuando comenzamos a detectarlos y es cuando surge el nombre de los Topos".
Así, un pequeño grupo de voluntarios sin más elementos que su determinación, se une espontáneamente, se auto organiza para labores de rescate. "Nos metimos entre los escombros, revisamos huecos, tratamos de llegar al interior del edificio buscando sobrevivientes, y nos tocó la fortuna de encontrarlos".
Rafael López, el topo número siete, recuerda que al ver la eficiencia de sus rescates las autoridades los llevaron a otros puntos de la ciudad, como la colonia Roma o el Hospital Juárez, para buscar sobrevivientes y cadáveres entre las ruinas.
"Nosotros, como grupo de voluntarios, trabajamos hasta noviembre de 1985 y nos toca rescatar el último cadáver que oficialmente se recupera en la ciudad de México a mediados de ese mes", precisa el ya maduro Topo Rafael.
UN CAMBIO DE VIDA
Al reflexionar sobre lo ocurrido hace 20 años, con nostalgia y quizá algo de válido orgullo, expresa que en 1986, al fundarse formalmente en febrero la Brigada de Topos de Tlatelolco, cambio la vida para todos y cada uno de sus integrantes.
"Fuimos ahí con el simple ánimo de ayudar, no íbamos con el propósito de ser rescatistas, sino simple y sencillamente de ayudar. Por algo nos tocó estar en el momento indicado en las labores de rescate y se puede decir que esto cambio la vida de muchas personas, sobre todo la mía".
Rafael se resiste a olvidar su original anhelo de ser médico veterinario, pero reconoce que el trabajó en labores de rescate en 1985 y su participación en la creación del grupo, al año siguiente, lo motivaron a capacitarse y recibir información especializada.
Al final de ese proceso descubrió que ahí estaba su futuro, un futuro que en el presente ha servido para rescatar vidas.