Resumo el principio de un ensayo inmenso de G. K. Chesterton (1874-1935), escritor inglés sobre “La incompatibilidad de temperamentos”: “He oído desde mi niñez que en Estados Unidos es posible obtener un divorcio por incompatibilidad de temperamentos. Si los casados han de divorciarse por incompatibilidad de temperamentos, no puedo imaginar por qué no se han divorciado todos. Precisamente de eso se trata al casarse, mientras un matrimonio está fundado en una buena y sólida incompatibilidad, ese matrimonio tiene una buena probabilidad de seguir siendo un matrimonio feliz y hasta romántico”.
En efecto: la aventura de formar una familia, cuyo inicio es el matrimonio, implica, entre otras muchas cosas, la capacidad de convertir la diferencia en gozo y la incompatibilidad de gustos, caracteres, razones y sentidos, en un diálogo constante, más allá de la muerte, como diría el soneto de escritor español Quevedo.
El problema que ahora enfrentamos –ya no solamente en Estados Unidos, como decía Chesterton al inicio del siglo XX, sino en todo el Occidente cristiano- es que por un “quítame estas pajas”, por alguna nimiedad (como la de pensar en la apariencia física en lugar de en los hijos) los hombres y las mujeres de hoy se separan con una pasmosa frecuencia.
El genio del ensayista inglés daba en el clavo: si por diferencia de temperamentos nos tuviéramos que divorciar, resulta incomprensible observar cómo la inmensa mayoría de los matrimonio no lo han hecho ya. Pero es que entrar a formar parte de una institución tan perfecta como es la familia, trae consigo la responsabilidad de la fidelidad al sacrificio del “yo”, para hacer surgir el “nosotros”, que funda la vida humana, que la hace llevadera, que le da dimensión, cuerpo y futuro.
La experiencia de las familias sólidas que conocemos está siempre cifrada en el éxito de la diferencia. De ahí que la familia sea escuela de ciudadanos. Malo es para la sociedad y el bien común, cuando las familias se basan en el poderío de uno sobre la libertad del otro y de los demás; cuando la imposición se convierte en norma o cuando el autoritarismo se vuelve moneda de cambio.
Ahí está el caldo de cultivo de los dictadores, de los violentos, de aquellos que, simplemente, no pueden entender que hay “otro” y que el “otro” tiene un fin en sí mismo, que es realizarse en el mundo, florecer, encontrar su plenitud en la convivencia y en la relación interpersonal. Estos tiranos (y tiranas) quisieran estar solos, rodeados de una corte de sirvientes, fieles lacayos de sus deseos y atentos oidores de sus ordenanzas. Nada más. Por eso, al final o al principio encuentran la máxima ruina a la que puede llegar un ser humano: la soledad avinagrada del resentido.
Aceptar amorosamente la incompatibilidad es el primer paso para erigir lo que decía Elena Garro en su obra: Un hogar sólido. Por eso existe la relación. Entre iguales nunca hay relación, sino similitud. El poderío del abrazo familiar al que nos invita la campaña del Día de la Familia, este 5 de marzo, es el poderío fundador del “nosotros”. Así, la familia se presenta en una doble dimensión: origen y meta del amor humano y principio de ciudadanía.
En el espíritu de resolución pacífica de los diferendos se constituye la democracia. Y no hay mejor camino a la democracia, es decir, a la participación ciudadana, que el amor definido y diverso de la familia. Todo ello aparece en el mundo cuando dos se dicen que sí y son capaces de enfrentar con valor las consecuencias del sí.