En todas las culturas se ha dedicado mucho tiempo y esfuerzo al tema de la salud mental. Las religiones, la ciencia y la filosofía, se han preocupado por abordar temas como la locura, la pérdida de la razón o la memoria.
A muchas personas nos causa mucha angustia la posibilidad de padecer algún día enfermedades como el Alzheimer, la depresión, esquizofrenia o el Parkinson. Y no es para menos. Tenemos ejemplos cercanos de lo devastadoras que son estas enfermedades; de cómo pueden representar la pérdida del contacto con el mundo, de nuestra identidad, de nuestra historia.
Las células del hígado o de nuestra piel no son las mismas que las que teníamos hace 5 o 10 años, van cambiando todo el tiempo, mueren y son remplazadas por otras.
En cambio, la mayoría de nuestras células del cerebro son las mismas de cuando apenas éramos unos niños. Puede haber algunas modificaciones ya que hace algunos años se demostró que aún en la edad adulta, podemos generar nuevas neuronas, sin embargo, a lo largo de nuestra vida ese órgano que nos da la capacidad de pensar, razonar, aprender, reír, imaginar, enojarnos e incluso amar, está formado prácticamente por las mismas células desde el principio de nuestra vida.
Es por demás lógico, entonces, que ahora se dedique tanto tiempo y esfuerzo al cuidado de las facultades mentales y más que eso al fortalecimiento de la mente, Algunas veces a través de medicamentos cuando se detecta algún problema específico de salud, que dañe las funciones cerebrales pero también por medio de terapias y técnicas que sirvan para potenciar sus funciones y cuidado.
Pero nuestra preocupación por estas enfermedades devastadoras a veces nos hace dejar de lado un problema que, aunque es a simple vista menos dañino, no es menos importante. Esto es: nosotros tenemos la capacidad de modificar nuestro cerebro, ya que si bien sus células se alimentan con nutrimentos y oxígeno, también puede hacerse más fuerte con pensamientos positivos e ideas que lo enriquezcan.
El legendario neurofisiólogo español Santiago Ramón y Cajal, decía: “El cerebro humano es como una máquina de acuñar moneda. Si echas en ella metal impuro, obtendrás escoria; si echas oro, obtendrás moneda de ley”.
Actualmente, existe una preocupación especial por la alimentación, el ejercicio y la salud física, pero pocas veces nos ponemos a pensar que muchas de las actividades que hacemos en nuestra vida diaria son realmente poco sanas para nuestro cerebro, sin pensar que todo lo que hacemos bueno o malo, se acuña y genera en nuestro cerebro y su fuente son los pensamientos, acciones, estímulos ambientales o sentimientos diarios y por ellos puede enfermar, ocasionando como en cascada una serie de reacciones que también pueden afectar otros órganos del cuerpo. La mente es tan poderosa que puede lograr todo esto.
Los alimentos para tener un cerebro positivo son por tanto la risa, el amor, el sentido del humor, la lectura, las conversaciones con los demás, en las que estamos abiertos para aprender, las acciones de ayuda a los demás, de tolerancia, la paciencia, el respeto, la productividad, el autofelicitarse por el éxito y el aprender de los errores.
Por eso es momento para que preguntar: ¿De qué quiero alimentar mi mente: de oro o de metal impuro?