Está de moda decir: “estoy estresado”. Con esta frase pretendemos disculparnos por una conducta poco amable; sin embargo, es una realidad que el estrés es la enfermedad del siglo.
La palabra estrés proviene del latín stringere y significa apretar, oprimir, atar; también se entiende como un sentimiento de abandono, impotencia y soledad. Algunos diccionarios definen el estrés como la respuesta inespecífica del organismo a diferentes eventos.
Cada vez es más común ver personas afectadas por este problema: tensas, irritables, con cambios constantes en su estado de ánimo e, incluso, algunas han desarrollado diferentes enfermedades. Pero ¿los niños también sufren estrés? Seguramente todos estamos de acuerdo en que el niño debería poder disfrutar, jugar, aprender sin tanta presión, desarrollarse en todos los aspectos y vivir en ambientes amorosos, sanos y seguros. Desgraciadamente no es así y esto tiene muchas implicaciones para ellos a nivel físico, emocional, de comportamiento y de salud.
En un estudio realizado por el maestro Jorge Roque Olivares, secretario de Desarrollo y Relaciones Institucionales de la UNAM, en el año 2003, encontraron que la infancia mexicana se encuentra altamente estresada; incluso, descubrieron indicadores de estrés en neonatos, lo que se comprobó a través de mediciones de los cambios de temperatura en los pies y modificaciones en la frecuencia cardiaca, síntomas bien identificados con el estrés.
Los generadores de estrés se relacionan sobre todo a la soledad en el niño. Esto debido a que actualmente las jornadas de trabajo de los padres son largas, al igual que y las distancias que se tiene que recorrer de la casa al trabajo y viceversa. Además, muchas veces, aunque el padre trabaje, es necesario que la madre también aporte económicamente para costear los gastos de la casa, por lo que los hijos no conviven tanto tiempo con ellos, lo que les va produce estrés al sentirse abandonados.
Muchos niños hoy en día juegan solos, salvo en la escuela donde comparten con otros sus aficiones. Por otro lado, resulta muy cómodo para todos que los pequeños estén viendo televisión o jugando videojuegos; sin embargo, se olvidan de realizar sus tareas escolares. Así, cuando llega el padre o la madre cansados por sus propias ocupaciones del día, se presentan discusiones colmadas de gritos y regaños al niño, para hacerlo entender que debe responsabilizarse de sus cosas, cuando lo que el niño desea realmente es estar un rato en compañía de ellos.
Aunque es cierto que la vida moderna es muy complicada, también hemos perdido conciencia de la importancia de la unión familiar; es necesario que nosotros, los adultos, encontremos nuestro equilibrio para estar en condiciones de ayudar y orientar a nuestros hijos.
Debemos mejorar la calidad de vida familiar y para lograrlo, es importante jugar con nuestros hijos, enseñarles el valor de la familia, poner reglas claras y ayudarles con amor a expresar sus sentimientos. El poco o mucho tiempo que tengamos para estar con ellos, debemos esforzarnos para mejorar la relación. Se dice que es mejor la calidad que la cantidad en la relación con los hijos, es cierto.
María Elena Maroto habla de los efectos del estrés en la infancia y menciona que un niño estresado puede tener comportamientos muy diferentes: ser tímido y tener baja autoestima, tornarse agresivo cuando lo critican, participar con los demás niños o apartarse de ellos; a algunos les cuesta trabajo adaptarse a los cambios, se preocupan por todo y tienen poca confianza en sí mismos.
También hay niños estresados que tienen un bajo rendimiento escolar, al no hacer sus tareas, pero igual pueden ser desafiantes, explotar y agredir fácilmente y generar conflictos a su alrededor o ser hiperactivos y descuidados en lo que hacen. Señala la autora, un niño estresado puede ser muy pasivo o irse al otro extremo y ser demasiado activo.
Es necesario entender que los niños no pueden darse cuenta de que tienen estrés, ni tampoco se les puede pedir que hagan por sí mismos ciertos ejercicios o juegos para manejarlo. Los padres somos los más adecuados para ayudarles a liberarse del estrés por medio de expresar sus sentimientos, promover la comunicación, enseñarles a comunicar afecto, inculcarles las reglas de la familia y enseñarles el respeto hacia los demás.
Para los niños es muy importante el juego, poder reírse y también aprender a equivocarse. Es preciso que el niño desarrolle una buena tolerancia al fracaso, por lo cual necesita un ambiente de respeto en casa; evitar las agresiones, los gritos y, por supuesto, los golpes tanto físicos como emocionales.
Es importante aprender a no devaluar a nuestros hijos, no compararlos con otros niños más capaces y más inteligentes. Hay que lograr un ambiente que promueva el desarrollo del niño, apoyándolo y expresándole sentimientos amorosos y de aceptación incondicional. Debemos crearle al niño un ambiente que le dé seguridad, tranquilidad y en donde se sienta amado y aceptado. En conclusión, es un trabajo que requiere el esfuerzo individual, el de pareja y el de familia, pero cuyos logros resultan muy favorables para todos.