Nadie podrá negar el magnetismo que sobre nosotros ejercían las escenas de las viejas películas que nos brindaban la imagen de Carlos Gardel, Arturo de Córdova o James Bond, seduciendo a una etérea e inalcanzable diva mientras aspiraban el humo de un cigarrillo, como si fuera el elíxir mágico de la seducción. Yo siempre quise ser uno de ellos y fumar con ese aplomo seductor que postrara a las mujeres a mis pies. Al final, como siempre, me sorprendí sin película, sin aplomo, sin artes seductoras, sin mujeres y atado de por vida a una silente y asesina adicción que mata, pero no de amor.
Pareciera como estar en un cuento, pero de horror que, aún sin ofrecernos una fábula, nos muestra una horrible realidad: De cada 100 niños que viven en los países pobres del mundo, veinte son adictos al tabaco, con la bendición de las grandes empresas tabacaleras que impulsan este consumo.
Según cifras proporcionadas por la Secretaría de Salud, cada año más de 53 mil personas en México, mueren como consecuencia de enfermedades derivadas del tabaquismo. Los daños económicos que esta adicción ocasiona, no se hacen esperar. La instancia gubernamental encargada del cuidado de la salud de los mexicanos, destina 29 mil millones de pesos anuales para atender los problemas relacionados con la adicción al tabaco.
Héctor Noé Morales, responsable del Programa de Salud Mental y Adicciones del ISSSTE, afirma que el tabaco es una droga aceptada socialmente, que provoca la muerte de 4 millones de personas cada año en el mundo, y que 10 mil adictos al tabaco, mueren diariamente por el consumo adictivo de la nicotina o por exposición al humo, como fumador pasivo. Se estima que en México, la cantidad de fumadores es de 13 millones y que nueve de esos 13 millones, son hombres, el resto, mujeres.
La lucha por la igualdad entre hombres y mujeres, también ha dado como resultado un alarmante aumento entre las mujeres adictas al tabaco. Fumar, no nos hace más inteligentes, elegantes, independientes, prósperos o interesantes, como muchos creen. Al contrario, el tabaco mata a quien por placer lo consume.
Entre los adolescentes, el consumo adictivo de tabaco crece alarmantemente. En la actualidad, 30% de los fumadores tiene entre doce y trece años de edad y se considera que este grupo es altamente susceptible de engancharse en adicciones mayores. Según algunos estudios, quienes fuman antes de los quince años, tienen mayor probabilidad de generar adicción al alcohol o la cocaína.
La nicotina llega al cerebro en seis segundos y provoca una sensación placentera de aparente tranquilidad, lo que hace al tabaco más adictivo que la cocaína. Los daños que provoca son irreversibles: envejecimiento prematuro de la piel, menopausia acelerada, disfunción eréctil, cáncer en la boca, garganta y pulmones, tumores cancerígenos en próstata y en mama, hipertensión arterial y alta probabilidad de padecer infarto al miocardio o derrame cerebral.
Yo no sé, lo reitero, si las adicciones se transmiten como herencia genética de padres a hijos. Lo que sí sé, es que los ejemplos sí se heredan y los hijos que ven fumar a sus padres, seguramente serán fumadores y heredarán esa carga a sus hijos.
Nuevamente, las estadísticas me aplastan y, en el imaginario personal se diluye la figura del mítico James Bond, con su inseparable cigarrillo entre los labios, dejando paso a tímidas preguntas: ¿Soy capaz de hacer algo para no permitir que mi admirado James Bond muera de enfisema pulmonar en su próximo filme?; ¿o para persuadir a mi esposa y a mi hija de que son víctimas de una adicción y que aún están a tiempo de salvarse?; ¿Me atreveré a hablar a mis alumnos, mientras ellos disfrutan de un cigarrillo en clase de siete, de los alcances mortales de esa adicción, sin duda, la más atroz de todas?; ¿tendré el valor?.