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Escolaridad
Pasante de la Licenciatura en Derecho
en la Universidad Autónoma Metropolitana de Azcapotzalco.
Sus inicios en el deporte
A los ocho años, Adriana Fernández
comenzó a practicar gimnasia olímpica, sin embargo,
una fuerte caída de las barras asimétricas, le provocó
cierto miedo, por lo que ya no quiso seguir en este deporte. Posteriormente,
su papá la llevó junto con sus cuatro hermanos a clases
de natación durante tres años.
Después de esta etapa dejó
de hacer deporte y lo retomó a los 15 años, ya que
estaba algo pasada de peso y su papá nuevamente
le sugirió que hiciera ejercicio para mantenerse en forma.
Fue entonces que comenzó a correr y lo siguió haciendo
durante dos años, aunque pasado ese tiempo lo dejó
porque entró a la Universidad. Gracias a las competencias
inter-universitarias surgió nuevamente el interés
por correr.
Anécdota
En general, la familia de Adriana
la ha apoyado en su decisión de dedicarse al atletismo, cuando
necesitó apoyo moral ahí estaban ellos, y cuando requirió
apoyo económico también lo tuvo de su familia. Adriana
tenía 19 años, cuando le pidió a su papá
que de cumpleaños le regalara unos tenis, en ese entonces
unos tenis para correr costaban entre 500 y 600 pesos, un gasto
muy elevado para una familia con escasos recursos económicos,
sin embargo, su papá hizo un esfuerzo y con gusto la llevó
al barrio de "tepito" en la colonia Morelos, y cumplió
el deseo de su hija "la deportista".
Esa fue una inversión que
el señor Fernández ha de estar bendiciendo hasta la
fecha, porque con esos tenis, su hija comenzó a ganar carreras
de las llamadas "moleras", donde daban premios económicos
de 100, 200 y hasta 500 pesos. "Con esas entradas poco a poco
me independicé económicamente, hasta que yo solita
agarré el rumbo", dice orgullosa la ganadora del maratón
de Nueva York en 1999.
Sin amargura, Adriana recuerda también
que con aquellos tenis realizaba todas sus actividades; los usaba
para caminar, para ir a la
Universidad y, por supuesto, para entrenar y competir. El uso que
les daba originó que se desgastarán rápidamente
y se rompieran, pero como Adriana no podía darse el lujo
de comprar otros, entonces se los llevaba al zapatero para que los
remendara, así estuvo por un tiempo hasta que le empezaron
a doler las rodillas. El malestar lo ocasionó el desgaste
de los dichosos tenis, entonces la mamá de Adriana entró
al quite y le compró otro par.
Se sufre pero se aprende
La convicción de no querer
ser una corredora del montón llevó a Adriana a dar
siempre un extra. Cuando no tenía carro se levantaba a las
5:30 de la mañana y de su casa en Azcapotzalco se iba corriendo
al metro Toreo, ahí tomaba un camión que la dejaba
cerca de "El Ocotal" en Cuajimalpa, cerca del Desierto
de los Leones, donde realizaba sus entrenamientos que iniciaba a
las 7:00 en punto; terminaba a las 8:00 a.m. y desde "El Ocotal"
de vuelta a Azcapotzalco, porque sus clases en la Universidad iniciaban
a las 9:00 de la mañana. "Fue difícil combinar
la escuela con el deporte, pero fue bonito, porque valoré
más lo que hacía y eso me ayudó a abrirme camino".
Su primer triunfo
Lo obtuvo en una de las competencias
de "correr es salud", donde venció a otras corredoras
con mayor experiencia, pero lo más bonito cuenta la
mejor maratonista mexicana fue el haber ganado una placa conmemorativa
del evento. Después, Adriana ya no quería sólo
"plaquitas", sino trofeos. "Cada que iba a una competencia,
antes de la prueba pensaba, ojalá me gane ese trofeo".
En la actualidad, Adriana gana placas, trofeos, medallas, reconocimientos
e importantes incentivos económicos que le permiten vivir
desahogadamente.
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