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Inspiración: Rodolfo Gómez

Por Adriana Fernández
Exclusivo para Esmas.com

 
 

En 1987 me levanté muy temprano para ir al Maratón Internacional de la Ciudad de México y aunque apenas tenía un año de estar trotando, obligada por mi sobrepeso, ese día era especial porque tenía ganas de ver correr a mi papá, quería alentarlo en el camino.


Aún de noche salimos de mi casa y nos dirigimos a Taxqueña, hacía un calor intenso pues, según me enteré, el evento inició como una hora después, ya que el regente de la ciudad no había llegado a dar el disparo de salida.


El tiempo transcurría y no aparecía nadie, ni siquiera los punteros, el sol continuaba quemante y aún así, me fui escabullendo entre todas las personas hasta llegar a ver el panorama de la calle solitaria que esperaba el paso de los corredores.


De pronto se escucharon aplausos que se acercaban como cascada hacia nosotros. ¡Ahí vienen, ahí vienen!, escuchamos gritar a la muchedumbre, ¡es Rodolfo Gómez, es Rodolfo!, lo reconocían al tiempo de aplaudirle con locura.


Y sí, a lo lejos venía un atleta espigado y fuerte. Fueron aproximadamente diez segundos los que pude observarlo y pasó cómo ráfaga. Todos le gritaban y alentaban, otros querían darle bolsas de agua, que él rechazaba.


Lo vi pasar, iba solo. Lo había visto en los periódicos y en la televisión, recuerdo que todos nos habíamos reunido en la casa para ver por televisión el maratón de los Juegos Olímpicos de Moscú ‘80. Ahí Rodolfo Gómez corrió y quedó en sexto lugar. A mi papá le dio mucho gusto ver a un compatriota llegar en esa posición.


No lo conocía en persona y cuando lo vi pasar me emocioné y pensé ¿qué se sentirá hablarle a ese tipo de personas? Yo fui a la llegada a ver a mi papá, pero ya no hice el intento por hablar con Rodolfo Gómez. Sólo me quedó la sensación de haber visto a un hombre con mucha fortaleza en sus piernas, aún me queda la imagen de su mirada, segura, decidida, entera, franca y llena de positivismo. No tuve duda de que él ganaría.


Y ahora, ya ven cómo es la vida, él es mi entrenador, sigo todos sus consejos y experiencias, pienso realmente que es parte fundamental de mi vida como deportista, si no fuera por él, no hubiera salido del anonimato. El encuentro
Se preguntarán cómo fue que conocí al profesor Rodolfo. En el lugar donde se suele ir a entrenar conocí a Carlos "Charly" Martínez, quien me daba algunas ideas y consejos para seguir evolucionando. Ya era parte del Club Rodolfo Gómez, que en aquella época tenía como integrantes a hombres como Jesús Herrera, Martín Pitayo y Mauricio González, entre otros.


Por ignorancia, le dije a "Charly" que cambiaría de entrenador y me puse a las órdenes de Enrique Lozano, quien en realidad no era nadie como deportista, ni como entrenador, por lo que me fue muy mal y empecé a tener resultados desfavorables.


Yo sabía que mi partida del club no causaría problemas, porque de lo que estoy segura es que Rodolfo Gómez es el único entrenador que sabe hacer atletas. Por eso, cuando salieron Pablo Olmedo, Nora Leticia Rocha y el propio Germán Silva, ni se inmutó, ahora ya está ahí David Galván y otros más.


El mal ya estaba hecho, hasta que en 1994 me decidí y conseguí el teléfono del entrenador. Pensé en hacer la lucha por regresar con Rodolfo Gómez. Sonó el teléfono, recuerdo que fueron tres tonos y por casualidad contestó él.


-- Bueno, ¿quién habla?


-- ¿Cómo está entrenador?, soy Adriana Fernández, no sé si se acuerde de mí, ¿me reconoce?


-- Claro que sí, ¿cómo has estado?


Concertamos una cita en el restaurante donde siempre desayunamos y fui directa.


-- Me gustaría que usted fuera mi entrenador. Quiero ser algo grande, quiero ser la mejor del mundo. ¿Me acepta?


Aún recuerdo su respuesta, después de un sólo segundo de silencio. ¡Claro que sí!, y creo que tienes muchas posibilidades de lograrlo.


Debo confesarlo, me sentí emocionada, entusiasmada. Imagínense, ser entrenada por el que hasta entonces todavía se consideraba el mejor maratonista mexicano de todos los tiempos. Ése que había brillado en Nueva York, Atenas, Rotterdam, etc.


Nunca pensé que la primera orden de su parte fuera que me alejara del atletismo durante un mes. Empecé de cero, sólo trotar por las mañanas, pues según sus palabras, estaba muy saturada. Unos exámenes médicos e inicié mi evolución. Al siguiente año fui campeona panamericana.


Cuando le dije que quería ser algo grande ya me imaginaba esto que vivo ahora, ganar el maratón de Nueva York, ser la mejor maratonista mexicana de todos los tiempos. Ya lo he logrado, pero falta algo que también pensé en ese momento, ganar una medalla olímpica, así que lucharé con todo para conseguirlo, sino se da por circunstancias de la competencia, el esfuerzo me dejará satisfecha, aunque puedo adelantar que deportivamente hablando soy muy ambiciosa y no me conformo con cualquier cosa.


Además, pienso que el mejor pago que le puedo dar a mi propio entrenador es ganar una medalla. Yo estoy muy agradecida con él y pienso que se puede ver reflejado con un mejor resultado, ya que él como atleta sólo pudo conquistar un sexto lugar, lo mismo que hizo un pupilo suyo, Germán Silva, en Atlanta 1996.


¡Hasta pronto!

 
 
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