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Una orgullosa madre, Juana
Córdova, dedicada a su hogar y por consecuencia a
sus seis hijos, fue la acompañante de Daniel cuando
éste empezaba a familiarizarse con el atletismo a
los 9 años:
"Por las tardes lo acompañaba
al deportivo Benito Juárez, donde empezó a
entrenar a los 9 años. En lo que él hacia
sus cosas yo me ocupaba con mi tejido hasta que era hora
de regresar a la casa. Después conoció a su
amigo Mauricio Derbez y me pidió que ya no fuera
con él a los entrenamientos."
Lo dice con el grato recuerdo
de revivir esos años y con un dejo de nostalgia,
al tiempo que también recuerda lo que padeció
su hijo cuando le quitaron unos tenis, una pelota, un reloj
y hasta una bicicleta, pero lo que más le causa tristeza
es cómo Daniel se lamentaba por no conseguir resultados
inmediatos en los primeros años de atleta:
"Su papá le decía
que no se preocupara por las cosas, que luego le compraba
otras, pero lo que nunca lo consolaba era que no podía
ganar las competencias que corría. Por eso yo siempre
procuraba que entendiera lo importante que es no dejar de
entrenar.
"Que si le habían
ganado fue porque eran mejores, pero que tuviera paciencia
porque él apenas estaba empezando".
Años difíciles
que parecían no tener una recompensa al esfuerzo
y al tiempo que Daniel le dedicaba al atletismo, pero eso
sí, sin descuidar los estudios:
" Ni su papá
y mucho menos yo lo forzamos para que estudiara, él
sólo estaba al tanto de su escuela. No era el cerebrito
de puro 10 pero era un alumno regular que se preocupaba
por estudiar y hacer sus trabajos lo mejor que podía".
En tanto, el tiempo seguía su paso y Daniel buscaba
cómo entrar en la caminata, hasta que se le presentó
la gran oportunidad; su entrenador, Marco Veledíaz,
lo puso en contacto con Miguel Ángel Sánchez
Soto. La vida del atleta tuvo un giro de 180 grados y entonces
por fin empezaron a concretarse los sueños de Daniel
García:
"Él siempre pensó
que ganar no tenía mayor complicación, que
cruzar la meta antes que los demás no tenía
mayor dificultad, pero tuvo que darse cuenta de lo que cuestan
los triunfos. Por eso para él la caminata es la prueba
ideal. Nosotros también tuvimos que entender que
sus características eran las necesarias para las
pruebas de resistencia. Por eso le costaba tanto trabajo
destacar en las carreras de velocidad".
La primera medalla que acreditaba
a Daniel como ganador sirvió para compensar todo
el tiempo que estuvo a la espera del tan anhelado triunfo.
Ganó los 3 mil metros en la Copa Miguel Hidalgo.
"No me acuerdo qué distancia fue, el único
recuerdo que tengo de aquella vez es que todos estábamos
emocionados porque al fin Daniel ganaba en lo que a él
le gusta. Ya se sentía contento porque todo el tiempo
que pasaba entrenando le dejaba una gran satisfacción.
Antes compitió en 10 kilómetros de la semana
internacional, pero quedó en el quinto lugar".
Después continuó
una prueba más difícil, a los 19 años
Daniel buscaba clasificar en los 50 kilómetros para
los Juegos Centroamericanos de México en 1990. "Yo
lo veía muy chiquito todavía para que compitiera
en los 50 pero él estaba conciente de que podía
lograrlo y tenía más ganas porque iba a representar
a México. Su trabajo le había costado estar
entre los posibles aspirantes e iba a demostrar por qué
estaba ahí. Luego que consiguió su lugar me
dijo que viera cómo sí lo había logrado
y que buscaría una medalla. El resultado fue un cuarto
lugar pero yo lo vi conforme porque supo que la competencia
fue difícil, pues el colombiano no los dejó
en ningún momento que pudieran irse adelante".
A un suceso seguía lo otro, entonces vino el primer
viaje y una nueva etapa para el deportista que tenía
ya la responsabilidad de representar a su país. Por
otra parte, en la familia García Córdova existía
la incertidumbre de lo que podría ocurrir con uno
de sus miembros alejado del hogar.
"Empezaba a entender
que las cosas tenían que ser así, que tenía
que hacer ese viaje porque él ya se lo había
ganado y debía cumplir. Iba a un lugar que no conocía,
pero lo acompañaban muchachos como él, bajo
la custodia de gente responsable que sabía hacer
su trabajo, además que al profesor Miguel Ángel
le teníamos confianza. Por eso le di mi bendición
y le pedí que se cuidara.
"Cuando más sentimos
la ausencia de Daniel es en fechas como el día de
las madres. Pero entiendo que está cumpliendo con
su responsabilidad y que primero está su obligación.
Con su regreso siempre estoy satisfecha porque la mayoría
de las veces él llega contento con lo que hizo, por
esa experiencia nueva que vivió. Cierto que también
viene con algún presente para todos nosotros, pero
lo que más gusto me da es que lo tenemos cerca otra
vez".
Las concentraciones largas
lejos del hogar son otro sacrificio al que Juanita ya se
acostumbró, pero que al mismo tiempo encontró
la forma para compartir algún fin de semana con su
hijo sin interrumpir su preparación.
"Contamos con la autorización
de su entrenador para poder visitarlo. En algunas ocasiones
vamos todos, en otras nada más su papá y yo.
En esos días aprovecho para llevarle de comer lo
que le gusta y ropa limpia. Recuerdo que cuando Daniel empezó
en el deporte no tenía la ayuda que ahora le dan.
Por eso cuando nos ve llegar se acuerda y le da sentimiento".
Las alegrías se comparten
lo mismo que los momentos difíciles de la carrera
del deportista. A la mamá de Daniel le cuesta trabajo
entender que lo hayan descalificado en los campeonatos del
mundo de Stuttgart y Gotemburgo: "A mí me dio
mucha tristeza porque parece que no entienden que él
está al cien por ciento dedicado a sus entrenamientos.
Que cada día está al pendiente de cuidar su
técnica. Si él flota los demás también
lo hacen y no me acuerdo que a los europeos los hayan dejado
sin alguna medalla".
"Aquellas dos veces
yo le dije a Daniel, cuando ya había regresado, que
por qué le pasaba eso, que me parecía que
no era justo. Entonces me respondió que no me preocupara
porque así es el deporte, que las decisiones de los
jueces son parte de las competencias y que bueno, a él
le tocó esas dos ocasiones. Creo que en Atenas, más
que justicia, ya le tocaba probar cómo mejoró
para demostrar que es capaz de hacer las cosas como debe
ser y que su técnica es buena".
Lo único que Juanita
desea para su hijo en los Juegos de Sydney es que se prepare
para que obtenga el único triunfo que le falta. Pero
al mismo tiempo sabe que cualquier cosa puede pasar:
"Veo cómo se
prepara y cómo tiene deseos de ganar. Creo que puede
lograrlo, por esa dedicación y por la forma como
entrena. Yo sé que no es el único que quiere
ganar pero sí creo que puede lograrlo, no por ser
su madre, sino porque está en su momento. Son sus
terceros Juegos y la tercera puede ser la vencida, como
el campeonato mundial".
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