El fracaso del carrito portador de martillos
Simplemente era mayor la atención hacia el carrito que hacia el lanzamiento de bala, además de que representaba mayor peligro que las esferas metálicas.
Sidney, Australia
23 de septiembre del 2000
(EFE).-
Estacionado junto a la hierba del Estadio Olímpico, el carrito portador de martillos puso en evidencia ante 85 mil espectadores el fracaso de la técnica frente al hombre.
Las evoluciones del carrito azul teledirigido sobre la hierba atrajeron desde el primer momento la atención del público mañanero, con más intensidad, incluso, que los lanzamientos de los atletas que se estaban jugando el acceso a la final olímpica de martillo.
Desde el principio se vio que la jornada del teleconductor no iba a ser un lecho de rosas. El carrito, que ofrecía el aspecto de un bólido de la época de Juan Manuel Fangio, marchaba renqueante en busca del artefacto y regresaba describiendo curvas (como un borracho) para entregar la carga.
La trayectoria descrita por el vehículo era a menudo tan errática que obligaba a los jueces apostados junto al sector de caída del martillo a poner un ojo en cada elemento potencialmente agresor: uno a la bola de hierro voladora,
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Debut y despedida de este carrito en los Juegos Olímpicos. (Foto Reuters)
otro al carrito deslizante.
Sólo habían transcurrido unos minutos desde el comienzo de la competición, cuando el carrito tuvo que hacer su primera parada en "boxes" para ser sometido a revisión. Pero lo que iba a ser un simple "stop and go" derivó en un largo reposo. El conductor, tal vez un concienzudo ingeniero mecánico, demostraba, sin embargo, escasa pericia para dirigir el coche sin marear al personal.
En sus evoluciones intermitentes, el vehículo intimidó a jueces, arrolló cajones que marcan los metros en la zona de caída y tuvo un leve choque con el marcador electrónico giratorio. El público le premió, en ocasiones, con una gran ovación.
La ronda de clasificación de lanzamientos puso de manifiesto también la frialdad y la experiencia de los jueces del sector de caídas. Varias veces el martillo (una bola metálica de 7,260 kilos) aterrizó a dos metros de la vigilante más cercana a la tribuna principal, que no movió un músculo para apartarse.
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