| |  |  |  | Ana Bolena, primera parte |  |  |  |  | por: Eunice Castro Fuente: Vanidades
Rechazó al rey Enrique VIII una y otra vez, cuando este trataba de seducirla... hasta que él le prometió que se divorciaría de Catalina de Aragón. Después, Ana se convirtió en la mujer más poderosa e influyente de la corte inglesa Por la carencia de archivos parroquiales en la época que vino al mundo Ana Bolena (en inglés Anne Boleyn), existe una controversia entre los historiadores para establecer la fecha de nacimiento, pero por deducción se cita el año1507. Ana tenía una hermana mayor llamada María, supuestamente nacida en 1503, y su hermano Jorge, en 1505. Su padre, Sir Tomás Bolena, era un diplomático británico muy respetado en Europa, que hablaba varios idiomas, y el rey Enrique VII lo consideraba uno de sus favoritos, y lo enviaba a grandes misiones diplomáticas en el extranjero. Su esposa, Lady Isabel Bolena (Howard de soltera), era hija del segundo duque de Norfolk. La familia Bolena era considerada una de las más respetables de la aristocracia inglesa. Sus abuelos incluían a un alcalde de Londres, un duque, un hidalgo, dos ladies aristocráticas y un caballero. Tomás Bolena tenía cuatro magníficas propiedades; la mansión de Blickling Hall, en el condado de Norfolk; el castillo de Hever, en Kent: el palacio de Londres y la casa de los Loo, en Middlesex. Cuando el rey Enrique VII murió el 12 de abril de 1509, y su hijo Enrique VIII ‘el más hermoso de los príncipes cristianos’, que aún no había cumplido 18 años, subió al trono, este siguió usando los servicios de Tomás Bolena. Este gozaba de mucha influencia y admiración en Europa por su profesionalismo. Ana fue una niña obediente que se preocupó por complacer a su padre. Su trato con su hermana María era cordial, pero no íntimo, mientras que con su madre y su hermano Jorge disfrutaba de una relación muy apegada y feliz. Según Henry Suhamy, autor de Enrique VIII, Sir Tomás Bolena comprobó que su hija Ana tenía, como él, una predisposición lingüística y gran gusto por los estudios, a diferencia de su hermana mayor. Y aprovechó una misión en Bruselas para obtener el favor de la archiduquesa Margarita de Austria, que regentaba los Países Bajos por su padre. —Quiero confiarle a Su Alteza la más prometedora de mis hijas —le dijo. Aceptada Ana, gozó de una posición privilegiada como pupila y dama de honor de la regente Margarita. Ella arribó a Bruselas en la primavera de 1513, accediendo a la educación impartida en la más elitista de las escuelas que impartía clases a un pequeño grupo de niños, entre los que se encontraba el futuro Carlos V. Por sus finos modales y aplicación, Ana demostró estar a la altura de las exigencias del programa de educación principesca. La regente Margarita encontró a Ana tan agradable y elegante en su conducta que escribió a Sir Tomás: ‘Agradezco mucho que me haya enviado a su hija’. Margarita llegó a referirse afectuosamente a Ana como ‘la petite Boleyn’ (la pequeña Bolena). La segunda lengua que Ana dominaba era la francesa y escribía a casa a su padre en ese idioma con estilo. Este período de aprendizaje no le duró mucho tiempo a Ana, pues en octubre de 1914, su padre le ordenó que se reuniese con su hermana María en la corte de Francia, como dama de honor de la nueva reina, María Tudor. Este período fue aún más corto tras la muerte de Luis XII y el nuevo casamiento expeditivo de su viuda con Brandon. Su hermana mayor, María Bolena, regresó a Inglaterra para seguir al servicio de la ex reina. La nueva reina Claudia, que contaba a la sazón 17 años, se avino con gusto a quedarse con la pequeña Ana. El ser dama en aquella Corte no significaba tener una gran intimidad con la Reina, pues alrededor de ella se reunían más de 300 muchachas. Pero como Ana tenía la ventaja de dominar el francés bastante bien y el inglés, le sugirieron: —Podrías fungir como intérprete cuando tengamos algún invitado inglés importante en la Corte. Ella aceptó encantada. Mientras tanto, completó sus estudios de francés y adquirió detallados estudios de la cultura y el protocolo de Francia. Como era inteligente, también se interesó en la filosofía religiosa que reclamaba la reforma de la iglesia. En cuanto a vanidad, la moda francesa cautivó los sentidos de Ana, que puso un especial empeño en su vestuario. El capullo se fue convirtiendo en flor. No poseía Ana precisamente la belleza característica de su época, donde era esencial que la mujer tuviese una piel tan blanca como la leche. Pero era hermosa, aunque su tez era demasiado oscura. Contribuía a ello su larga cabellera negra, que ella llevaba siempre suelta, y sus hermosos ojos negros de un encanto dramático. Exótica y primorosamente desenvuelta, Ana Bolena se hizo notar en la corte francesa, aunque conservando siempre intacta su reputación. En el invierno del año 1521, recibió una carta de su padre en la que la reclamaba: ’Doy por terminada tu educación y debes regresar a Inglaterra. Serás una de las damas de honor de la reina Catalina’. En enero de 1522, Ana partió de Calais, que en aquel entonces todavía era una posesión inglesa. En marzo hacía su debut en la corte inglesa en un baile de máscaras en honor al Rey y se destacó por sus dotes de bailarina en una complicada danza, acompañando a la hermana menor de Enrique y a importantes damas de la Corte. Pronto su carisma atrajo a la gente a su alrededor, y su modo de caminar y su sentido de la moda francesa inspiró nuevas tendencias entre las damas de la Corte. Según la historiadora Alison Weir, el encanto de Ana no radicaba tanto en su aspecto físico como en su personalidad vivaz, su elegancia y su rápido ingenio. Brilló en el canto, componiendo música, bailando y conversando. Era dulce y alegre, y disfrutaba de los juegos de azar, bebiendo vino y chismorreando. Era valiente y emocional, por lo que los hombres jóvenes de la Corte andaban a su alrededor. Aunque hubo lenguas maledicientes que corrieron la voz de que Ana tenía un sexto dedo en la mano y en el pie izquierdo, y un tercer seno, pues en esa época tener algún signo de deformidad era relacionado con el diablo. Y eso que en aquellos tiempos aún ella no había despertado la envidia, porque estaba aún muy lejos de que encendiera la chispa del amor en Enrique VIII. Ana encontró que Catalina de Aragón, la primera esposa de Enrique VIII, era popular entre muchos súbditos y nobles, aunque ella no participara en la política ni en la vida de la Corte por algún tiempo. La historia de Enrique y Catalina era larga. Supo que a los 12 años, Enrique había sido prometido en matrimonio con Catalina, que tenía 18 años entonces y era la viuda de su hermano Arturo (llevaban casados seis meses cuando Arturo, que todo el tiempo había estado enfermo, murió). Enrique accedió al trono dos meses antes de cumplir los 18 años y se casó con Catalina seis semanas después. Ella iba vestida de blanco para revelar al mundo que a pesar de haber estado brevemente casada con Arturo, era todavía doncella, y por consiguiente apta para convertirse en esposa de Enrique. Según Irving, Amy y Sylvia Wallace, y David Wallechinsky, autores del libro The Intimate Sex Lives of Famous People, en ese entonces Catalina y Enrique se amaban. Catalina de Aragón poseía gran belleza en su juventud. Hija del rey Fernando II de Aragón, era delicada y graciosa, y le gustaba bailar. Además, no era inferior a Enrique desde el punto de vista intelectual. Enrique estaba dotado de una extraordinaria apostura y corpulencia. Le gustaban la caza, los bailes y los festines, la ostentación y las vestimentas elegantes, y en su adolescencia se había convertido en la personificación del Renacimiento, destacándose no solo en el juego de tenis y los torneos, sino también en la música, el arte, la filosofía y otras actividades intelectuales. Catalina enseñó a Enrique español y, por su parte, ella decidió aprender inglés. El Rey hizo entrelazar sus iniciales con las suyas propias en el monograma real, lucía sus colores en los torneos y corría a ella cada vez que se producía algún nuevo acontecimiento, diciendo: ‘¡La Reina tiene que saberlo!’ o ‘¡Eso complacerá a la Reina!’. Pero pronto comenzaron las complicaciones para Catalina. Su primer vástago, una niña, nació muerta; a continuación murió un hijo poco después de nacer. Otro hijo nació muerto, un tercero nació prematuramente y murió. Luego, Catalina dio a luz una niña saludable el 18 de febrero de 1516, a la que bautizaron con el nombre de María. Para el padre y el país este nacimiento femenino solo prolongaba la incertidumbre sobre el porvenir de los Tudor. En 1517, tuvo la Reina varios abortos y después un niño que nació muerto. De tantos embarazos, Catalina había envejecido prematuramente. Su cuerpo hinchado y su rostro marchito habían apagado la pasión que un día Enrique había sentido por ella. El Rey había iniciado una relación con Elizabeth ‘Bessie’ Blount, una jovencita de 17 años, dama de honor de Catalina. En 1518, su amante Bessie le dio el hijo varón que el monarca tanto ansiaba: Enrique FitzRoy. Pero era un hijo bastardo que nunca podría ascender al trono. Según la biógrafa Carolly Erickson, autora del libro Mistress Anne, el niño FitzRoy fue alejado de la Corte para ser educado en una casa de campo cerca de Londres, y el Rey dejó de ver a Bessie. Enrique comenzó a tener relaciones de estrecha amistad con unas personas que no acataban la tradición feudalista, y lo adulaban, y él les hacía favores. Centro y eje de este animado grupo era la familia de Ana Bolena, formada por Sir Tomás Bolena, entonces tesorero de la Real Casa, su esposa Isabel, dama en la Corte, su hijo Jorge, embajador, y María, la hija mayor que había sido dama de la corte de Catalina y ahora estaba casada con William Carey, empleado en la Corte. Todos los puestos ocupados por esta familia habían sido otorgados por el Rey y así justificaba la presencia de María Bolena en Palacio y la de él en casa del tesorero. María Bolena desde que había regresado de Francia se había dedicado a intimar con los hombres y antes de cumplir los 17 años su reputación estaba por el suelo. Luego se había casado con Carey y convertido en la amante del Rey. Cuando Ana Bolena llegó a Inglaterra en 1522, su hermana dominaba el corazón del Rey. En un principio, Enrique no vio en Ana más que un peón utilizable para su juego político. Le convenía casar a Ana con un irlandés para neutralizarlos. Sucedía que ciertos derechos que tenía Tomás Bolena sobre las propiedades de Ormond se habían visto impugnados por un jefe del clan irlandés llamado Sir James Butler, cuya exterminación hubiese costado más de lo que las propiedades valían. El cardenal Wolsey y Enrique VIII consideraron que era mejor dar solución al litigio mediante un arreglo matrimonial, casando a la joven Ana con Butler. Para convencerla, su padre le dijo: —Con el tiempo, te convertirás en la condesa de Ormond, podrás vivir en el castillo de Kilkenny, asistir a las sesiones parlamentarias de Dublín y hasta podrías tomar parte en las fiestas de Londres, si la tranquilidad lo permite. Ana no aceptó la boda. —Prefiero mil veces seguir siendo dama de la Reina de Inglaterra y quedarme soltera, o ingresar en un convento, antes que casarme con ese irlandés Butler y vivir en su tétrico palacio Kilkenny. Para una joven acostumbrada a la vida de París, lo que le ofrecían era inaudito. Sir Tomás Bolena deshizo el compromiso ofreciendo una dote insuficiente por su hija, que el prometido no aceptó. Ana comprendió que su suerte dependía de la voluntad paterna y de la real, y ella, que se había hecho notar por algunos de los hombres más brillantes de la Corte, decidió entregar su corazón al joven Sir Henry Percy, hijo del duque de Northumberland. Ana se centró en su amor romántico con Percy hasta que el cardenal Wolsey, en nombre de Enrique, llamó al joven. Ante testigos le dijo que con el consentimiento de su padre y del Rey, le hubieran buscado emparejar como correspondía a su rango. Ana no estaba a su altura y, además, estaba destinada a casarse con otro. Cuenta el biógrafo Francis Hackett en su libro Henry VIII and His Six Wives, que el joven Percy defendió a Ana y el amor de ellos con ímpetu y hasta con lágrimas. Y argumentó y se negó una y otra vez, aunque lo quisiese el Rey, a renunciar a ella. Wolsey aún quiso coaccionarlo e insistió: —Creí que, apenas me hubiera oído hablar de los deseos y enojos del Rey, se habría sometido a la voluntad de Su Alteza. Fue necesario que Wolsey llamara a su padre, Northumberland el Magnífico, quien tomó cartas en el asunto y recriminó a su hijo de haber sido ‘ingrato, desleal e imprudente’ y lo acusó de haberlo querido arruinar. Solo podría salvarlo ‘la misericordia y la bondad casi divinas del Rey’, y lo amenazó con desheredarlo. —Y ahora sigue sirviendo a Su Gracia, y cumple con tu deber. Se decidió que Percy saliera de la Corte para contraer matrimonio con otra joven y que no volviera a ver a su amada. Todo los agravios a Percy hirieron profundamente a Ana. Ana pensaba que todo era obra de Wolsey y no culpó al Rey. Pero Enrique estaba detrás del asunto y no se sabe si buscaba solo alejar a un rival peligroso o si pensaba apropiarse de los favores de la joven hermana de María Bolena. Según John Cavendish, autor de El romance entre Ana Bolena y Henry Percy, Ana fue enviada de la Corte al castillo de Hever, en Kent, propiedad de su familia. En ese entonces era vecino suyo su primo hermano, el escritor y poeta Sir Thomas Wyatt, gentilhombre originario de Yorkshire. Wyatt era casado, pero desdichado en su matrimonio. Al tratar a su prima, quedó prendado de la chiquilla serena, pero a su vez, inmensamente perturbadora. Poseído por la pasión la persiguió. Ana mantuvo un vínculo sentimental y galante con Wyatt, y se mostró tan prudente como experta en los juegos de la galantería cortesana, pero un día lo abandonó. Destaca el historiador Eric Ives, autor de la biografía The Life and Death of Anne Boleyn, que Thomas Wyatt en su composición poética Whoso List to Hunt, la comparó con una gacela perseguida por él, que se convence de la inutilidad de su esfuerzo al descubrir que la que le trastorna el juicio lleva alrededor de la garganta un collar con una inscripción en diamantes que dice: ‘Noli me tangere (no me toques), pues soy del César’. Era como una profecía, porque pronto el César trataría de colocar el collar diamantino en el esbelto cuello de Ana Bolena. A su regreso a la Corte, a principios de 1526, Ana se hizo rodear por una camarilla de amigas y admiradores masculinos y se volvió muy famosa por su capacidad para mantener a los hombres a distancia. El rey Enrique VIII creía que no le sería difícil conquistar a la hermana de María Bolena; por esta había perdido repentino interés. En cambio, la intensa personalidad de Ana lo tenía muy impresionado. Ana le demostró que era muy dueña de su cuerpo y de su mente. Aunque los ojos de Enrique la perseguían dentro de la misma cámara de la Reina. Y aunque iba una y otra vez al palacio de los Bolena para hablarle, Ana resultaba muy difícil de cazar. Ana tenía 19 años y Enrique contaba ya 35. Al principio, Enrique se negaba a creer que estaba enamorado de Ana. Aseguraba que ella le había inspirado simpatía y un sentimiento de afecto, ‘de indisoluble afecto’. Ana le dijo que ella sentía también afecto por él y nada más, pero que ella y su madre habían resuelto no volver más a la Corte. Enrique se alejó de Hever rumiando sus palabras. Luego la abrumó con docenas de cartas de amor. En la primera le decía: ’La inquietud producida por la ausencia me resulta demasiado severa’, y añadió que le sería ‘casi intolerable’. ‘Yo no la he ofendido jamás y me parece que es escasa retribución al hondo cariño que le profeso, el obligarme a permanecer a distancia de la mujer que más estimo en el mundo’. Ella le respondió: ‘Suplico a Su Alteza muy seriamente que desista, y a esta mi respuesta en buena parte. Prefiero perder mi vida que mi honestidad. El Rey intuyó que mientras Ana tuviese presente el recuerdo de su relación con su hermana María y su atadura a su esposa Catalina, no habría modo de convencer a la chiquilla voluntariosa y soberbia de que aceptase su amor. Entonces trató de amenazarla con que lo perdería y le escribió una tonta carta para ver si reaccionaba: ’Considere, dueña mía, cuánto me hace sufrir su ausencia. Espero que no será por su deseo; pero si así fuere, si adquiriese la certeza de que usted lo quiere, me resignaría a lamentar mi suerte adversa, procurando poco a poco olvidar mi locura.Y con esto termino, por falta de tiempo, esta carta descortés’. Enrique quería a toda costa poseer a Ana, sin necesidad de afrontar su situación con la Reina y con María Bolena. Ana respondió una y otra vez a sus cartas conmovida, pero sin ceder, aunque el hecho en sí de que le respondiese alentaba las esperanzas del Rey. Enrique estaba trastornado, obsesionado, deshecho de amor. Ana lo invitó a que declarase cuál era el verdadero significado de sus afirmaciones de amor. Enrique le contestó con una extensa carta: ’Meditando acerca del contenido de sus últimas cartas, me veo acosado por mil pensamientos torturadores y sin saber a qué atenerme, ya que en unas frases creo descubrir una satisfacción y en otras todo lo contrario. Le ruego encarecidamente que me diga cuáles son sus intenciones respecto al amor que existe entre los dos’. Le decía que necesitaba a toda costa una respuesta, ya que llevaba un año herido por el dardo de su cariño y sin tener aún la seguridad de si hallaría o dejaría de hallar un lugar en su corazón. Si ella estaba dispuesta a cumplir los deberes de una amante fiel, entregándose en cuerpo y alma, él le prometía que no solo recibiría el nombre de dueña suya, sino que ‘apartaré de mi lado a cuantas hasta ahora han competido con usted en mis pensamientos y en mi afecto, y me dedicaré a servirle solo a usted’. Era un ultimátum. Aunque el Rey le decía claramente que estaría dispuesto a prescindir de María Bolena y de Catalina, Ana aún desconfiaba, y leyó y releyó una y otra vez la carta de Enrique buscando algún motivo que justificase un nuevo plazo. Pero su corazón se desbocó y escribió al Monarca diciéndole que él, solo él, poseería su corazón en el momento en que quedase totalmente libre. Y para subrayar sus palabras le envió también una prenda de su afecto. Enrique creyó estallar de felicidad. —¡Me quiere! —gritó exaltado. Ana sería solamente suya y él de ella, aunque tuviese que cambiar el curso de la historia de Inglaterra. Según el biógrafo Philippe Erlanger, en su libro Enrique VIII, a partir de ese momento el Rey decidió solicitar la anulación de su matrimonio con el argumento de que Catalina había sido primero la esposa de su hermano Arturo. Por lo tanto, la unión de ellos de 18 años no era lícita. ¿Acaso no era prueba concluyente de lo pecaminoso de su existencia la triste suerte de sus hijos muertos? A la existencia de su hija María nadie le daba importancia por ser mujer. Murmurando oraciones y fortaleciendo su espíritu con la declaración, mil veces repetida de que obedecía la voluntad de Dios, el Rey fue en busca de su esposa y le lanzó un breve discurso para demostrarle que estaban viviendo en pecado mortal. —Es imposible que de aquí en adelante se nos vea juntos. No queda otro remedio que te retires a vivir en un lugar alejado de la Corte —dijo el Rey resuelto, pero con tono de ternura. Catalina lloró desesperada, pero defendió sus derechos diciéndole: —Esposo mío, tus escrúpulos son infundados. No hay razón para obligarme a que me aleje de la Corte. Enrique no supo qué responder. No le era posible decirle a la Reina que sus verdaderas intenciones no eran los escrúpulos religiosos, sino que estaba loco por el amor de Ana y deseaba tener un heredero varón que ella podría darle. Catalina, que tenía 42 años y era infecunda, no podría. Desde los inicios de su reinado, Enrique VIII había apoyado al papado frente a la Reforma, e incluso en 1521 había escrito contra el credo luterano el tratado Defensa de los siete sacramentos. Por eso le habían concedido el título de ‘Defensor de la fe’. El pensó que la anulación de su matrimonio le sería fácil. Al principio, Clemente VII estuvo dispuesto a aceptar la anulación del matrimonio, si la Reina lo admitía. Enrique trató de convencer a Catalina para que aceptara el divorcio a cambio de una fortuna, pero ella, asqueada, ni le contestó. La Reina era adorada por el pueblo y respetada por la Corte. Ningún Papa se atrevería a anular en contra de su voluntad la boda de la hija de los Reyes Católicos, y también tía del Gran Carlos V, emperador de casi toda Europa y gran defensor del catolicismo. Catalina había traído a su cultísima corte una parte de los intelectuales, clérigos y laicos más destacados de la época, como Juan Vives y Tomás Moro, este último autor de Utopía, que se pusieron de su parte, porque les constaba el encanto de la Reina, su honor y conducta intachable. En cuanto a la anulación del matrimonio, se formaron dos bandos: el primero, los de la Iglesia de Inglaterra, que sometían sus principios a la caprichosa voluntad de Enrique VIII; el segundo bando estaba formado por los que preferían la obediencia a Dios y al Papa. En los años que siguieron, el Rey luchó por todos los medios para lograr el deseado divorcio sin apartarse de la Iglesia, pero Catalina hizo lo mismo, queriendo evitar que su hija María fuese declarada bastarda. Mientras tanto, Ana presionaba al Rey cada día más para desplazar a Catalina y ser ella reina de Inglaterra. Enrique VIII llevaba una doble vida; mientras vivía con Catalina, se las arreglaba para retener a Ana cerca de él o sostener una apasionada correspondencia con ella. Pero la joven continuaba negándole sus favores y achacaba a Wolsey, ministro de Enrique, cuantos retrasos sufría el divorcio. —Me estoy haciendo vieja y he perdido mi reputación —le decía—. ¿Por qué no se decide esto de una vez? En 1529, Ana, convencida de que Wolsey era un traidor, se vengó del despiadado intrigante que la había separado del joven Percy, su primer amor. Ana logró que Wolsey fuese despedido de la oficina pública. Después de su despido, el Cardenal le pidió que lo ayudase a volver al poder. —¡Jamás! —le dijo. Además, logró que Enrique lo desterrara y le quitara su fastuoso palacio de Hampton Court, donde siempre ella había soñado vivir. El Cardenal también fue despojado de sus bienes, pero murió en 1530 de una enfermedad terminal. Con Wolsey muerto, Ana se convirtió en la más poderosa de la Corte. Tenía poder sobre nombramientos del gobierno. Al año siguiente, la reina Catalina fue desterrada de la Corte y sus antiguos aposentos entregados a Ana. En 1532, ya Ana y Enrique eran amantes y fueron a visitar a Francisco I esperando ganar su apoyo para el matrimonio. Antes de partir a Calais, Enrique otorgó a Ana el marquesado de Pembroke, convirtiéndola en la primera plebeya inglesa conocida en convertirse en noble por creación, y no por herencia. (Continuará) |  |  El primer encuentro entre Enrique VIII y Ana Bolena (ca. 1530). Foto: Vanidades
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