Ana Bolena, última parte
por: Eunice Castro
Fuente: Vanidades

Con una ambición sin límites, en seis años le ganó la partida al Papa, a la Iglesia, al emperador Carlos V y al pueblo inglés; pero al final de su vida, pagó muy caro el precio de sus intrigas

Gracias a la relación de Ana Bolena con Enrique VIII, su familia también se había beneficiado. A su padre, Tomás Bolena, el Rey le había conferido el título de conde de Wiltshire y también de Ormond. Su hermana María habiendo enviudado recibía una pensión anual de 100 libras, y su hijo, Henry Carey, se estaba educando en un monasterio de gran prestigio.
Cuando William Warham, el conservador arzobispo de Canterbury murió, Ana había designado al capellán de su familia, Thomas Cranmer, para el puesto vacante. Cuando el canciller Tomás Moro, de alma limpia y mente razonadora renunció, Ana apoyó la subida del radical Thomas Cromwell, que no tardó en convertirse en el consejero favorito del Rey. Ana no estaba dispuesta a fingir una sumisión que no sentía y le dijo:
—Si el amor del Rey hacia mí es considerado irregular, a mi juicio su boda con Catalina lo es más. ¿Acaso habrá quién crea todavía que su matrimonio con el príncipe Arturo no se consumó en los seis meses que estuvieron casados? —ironizó.
La respuesta negativa del Vaticano a conceder el divorcio al Rey la impulsaba a promover una alternativa a Enrique:
—Deberías seguir el consejo de los radicales religiosos como William Tyndale, que ha negado la autoridad papal, creyendo que es el Rey quien debe conducir la Iglesia.
Como no podía avanzar en Inglaterra con el tan anhelado matrimonio que la elevaría a la posición de reina, Ana se dedicó a desempeñar un enorme papel en la posición internacional, solidificando una alianza con Francia. Su excelente relación con el embajador francés, Giles de la Pommeraye, había hecho que este preparase la conferencia internacional en Calais en 1532, en la cual Enrique esperaba ganar el apoyo de Francisco I de Francia, para ejercer presión en el Vaticano, para la aceptación de su nuevo matrimonio.
Dispuesto a un arreglo mediante el cual ambas Cortes quedaran obligadas a reconocer a Ana Bolena, Enrique exigió a Catalina que le entregara las joyas reales e hizo saber que emplearía grandes sumas en regalos para sus cortesanos franceses. Enrique estaba dispuesto a llamar hermano suyo al rey de Francia y jurarle eterna amistad, si Francisco se comprometía a recibirlo con Ana y a interceder con el papa Clemente VII para que este no cumpliera su amenaza de excomunión. Ana quedó esperando en Calais, mientras Enrique se adelantó al encuentro del rey de Francia, a la cabeza de una comitiva. Enrique visitó varios santuarios de Nuestra Señora, dejando generosos aportes y, finalmente, el rey de Francia lo acompañó a Calais para saludar a Ana Bolena, que se emocionó profundamente.
Un cronista escribió que ambas Cortes se unieron para bailar y comer, y el rey de Francia estuvo varias horas junto a Ana.
La conferencia de Calais resultó el triunfo político que Enrique esperaba, al dar el gobierno francés su apoyo a su nuevo matrimonio.
Inmediatamente después de volver a Dover en Inglaterra, sin invitados ni avisos, él contrajo matrimonio en secreto con Ana Bolena el 15 de noviembre de 1532. La unión se efectuó mediante una oración como un precontrato, para apaciguar el desasosiego de la novia. El 25 de enero de 1533 se celebró una segunda boda en presencia de un padre de la Iglesia. Ya Ana sabía que estaba embarazada y el matrimonio era vital para que el hijo fuese legitimado.
Según unos historiadores, el sacerdote Rowland Lee ofició la ceremonia nupcial; según otros, fue un fraile de apellido Brown. Cuenta el biógrafo Francis Hackett, autor del libro Henry VIII and His Six Wives, que para finales de febrero, el Rey organizó un banquete en honor de Ana. Dos días antes, ella se presentó en una reunión donde los cortesanos hablaban de sus amores con el Rey. Ana se dirigió a su antiguo admirador, el poeta Thomas Wyatt, y dijo:
—¡Quién me diera una manzana! ¡Hace tres días que quiero comer manzanas y...!
Wyatt la miró perplejo. Y entonces Ana, rompiendo a reír a carcajadas, le dijo:
—¿Sabe lo que dice el Rey que significa eso? ¡Pues dice que es señal de que estoy encinta! Pero no, ¡no!
Luego salió riéndose de la estancia.
Sus palabras se propagaron como el fuego y el día del banquete no se hablaba de otra cosa. Enrique se mostró más afectuoso que nunca con ella e hizo algunas observaciones insinuantes. Mostrándole a la abuela de Ana, la duquesa de Norfolk, un aparador repleto de vajilla de oro, le dijo:
—¿Verdad que Ana lleva una gran dote y que es un magnífico partido?
Esto tenía un significado, el Rey y Ana estaban a punto de casarse o se habían casado ya. No se habló de otra cosa en la cena, pero no hubo ningún tipo de confirmación por parte de los interesados.
El próximo paso que despertó muchas sospechas en la Corte fue cuando Ana ordenó que le añadieran piezas de tela a sus vestidos, para agrandarlos en la zona del busto y el vientre. Ella misma cometió la indiscreción de decirle a su tío, el duque de Norfolk:
—Si no esperara un hijo, hubiera peregrinado al santuario de Nuestra Señora de Walsingham para suplicárselo.
En este ambiente cargado de intriga, el 23 de mayo de 1533, Thomas Cranmer, el arzobispo de Canterbury —en sesión para decidir sobre la validez del matrimonio del rey Enrique con Catalina de Aragón— declaró el matrimonio nulo, basándose en Levíticos, y también manifestó como hija ilegítima a la princesa María, que contaba entonces 16 años de edad. Cinco días más tarde, el 28 de mayo, Cranmer legitimó el matrimonio de Enrique y Ana Bolena.
Desafiando al Papa, Cranmer declaró que la iglesia de Inglaterra estaba bajo el control de Enrique y no de Roma. Esta fue la famosa llamada ‘Ruptura con Roma’, que marcó el final de la historia de Inglaterra como un país católico.
Catalina fue formalmente despojada de su título como reina, a tiempo para la coronación de Ana, el 1 de junio de 1533. Para la celebración, las calles de Londres fueron enarenadas, y en las edificaciones se colgaron rasos y damascos.
Según la biógrafa Joanna Denny, en su libro Anne Boleyn, el alcalde de Londres organizó una procesión de 50 barcas que se deslizaron sobre el Támesis, con personajes de la aristocracia y cargadas con músicos.
Ana embarcó desde Greenwich, en la barca de Catalina, hasta la Torre de Londres, en donde el maestro Kingston la recibió y escoltó hasta sus habitaciones particulares. Al día siguiente, parecía que toda Inglaterra quería saludar a la nueva Reina que, vestida con ropa de seda de oro, se dirigió con la comitiva a la Abadía de Westminster. Pero la muchedumbre había venido a observar, no a celebrar. Ana notó el frío recibimiento. Según ella, había visto mucha gente, pero pocos tenían la cabeza descubierta y su bufón decía a los que encontraba:
—Hey... ¿Tú no te descubres? ¡Será tal vez que tienes tiña!
Cranmer sostuvo sobre la cabeza de Ana una corona hecha especialmente para ella, porque la que se usaba para tales casos resultaba demasiado pesada. Aunque hubo fuegos artificiales, toque de campanas, bailes y banquetes en los festejos, en el ambiente parecía palpitar una tragedia.
Según el biógrafo Philippe Erlanger, en su libro Enrique VIII, en seis años Ana Bolena había ganado una partida insensata contra el Papa, la Iglesia, el emperador Carlos V y el pueblo inglés, que había puesto su afecto en la reina Catalina. El 11 de julio, el Papa excomulgó a Enrique VIII.
El pueblo denominaba a la nueva reina el ‘cuervo nocturno’. Su logro había sido tan prodigioso, que hablaban en voz baja de hechizos, filtros y maleficios.
El 25 de junio murió María Tudor, la hermana menor de Enrique.
Una bruja hizo un vaticinio sobre el embarazo de Ana:
—Tendrá el más grande de los monarcas ingleses, se lo aseguro.
Enrique no era un hombre supersticioso, pero la curiosidad por saber el sexo del ser esperado lo llevó a escuchar las predicciones de astrólogos, adivinos y hechiceros, que le aseguraban solemnemente que la criatura sería varón. Le recomendaron talismanes y amuletos, pero él decidió no usar nada:
—Tenemos tantos enemigos que puede que alguna cosa resulte un engaño para hacer daño a la madre o al niño —dijo.
Durante los meses que quedaban de espera, cada día Enrique se exaltaba más. Se debatía entre llamar a su futuro hijo Enrique o Eduardo. Dios iba a revelarle con el nacimiento de esta criatura que aprobaba lo que había hecho. Si nacía un niño saludable sería la confirmación, pero si le daba una hija... ¿qué gloria podía darle a una nación de hombres y a la perpetuación de los Tudor?
Ana notó que su esposo estaba consumiendo más alcohol que de costumbre y que llegaba a tratar a alguna de sus damas con excesiva confianza, y le aconsejó:
—Sé lo inflamable que es tu corazón y debes guardar distancia con mis damas.
Destaca la biógrafa Hester W. Chapman, en su libro The Challenge of Anne Boleyn, que faltando solo unos días para el parto, el Rey estalló en ira contra su mujer, aunque no estaban solos y le gritó:
—Si tanto te molesta, cierra los ojos, como otras mejores que tú hicieron. Te sobran razones para saber que tengo poder suficiente para hundirte en menos tiempo del que empleé en elevarte a este puesto.
Después, no le dirigió la palabra a Ana durante varios días.
La mañana del 7 de septiembre de 1533, la Reina comenzó a sentir dolores de parto, y tras sufrir bastante, nació una niña en el castillo de Greenwich. La llamaron Isabel en honor a su madre y a la madre del Rey.
Según Vercors en su libro Anne Boleyn, cuando el Rey recibió la noticia, sus ojos destellaron como relámpagos y atemorizó a los que le rodeaban. Enrique no estaba ajeno a los comentarios de los que dudaban de su virilidad (erróneamente) por no dar una generación masculina, y se avergonzaba. Ana estaba dormida con la niña sobre su pecho cuando él entró a verla.
—Estabas ahí —le dijo al despertar.
Después, Ana le confió la amargura que había provocado en su ser por haberle provocado una desilusión.
—Tengo mucho miedo de perderte —sollozó.
El la abrazó conmovido y, con voz ronca, le dijo:
—¡Preferiría mendigar de puerta en puerta, antes de abandonarte, Ana!
La hija indeseada sería en el futuro la gran Isabel I, reina de Inglaterra y única heredera del rey Enrique VIII.
Mientras tanto, Catalina de Aragón había sido confinada en varios castillos y separada de su hija María, quien demostraba apoyo total a su madre.
La animosidad de Ana hacia su terca hijastra se recrudeció y exigió que sirviera de dama a la nueva heredera. Hijastra y madrastra se odiaban; la princesa María se refería a Ana como ‘la amante de mi padre’, mientras Ana la llamaba ‘esa maldita bastarda’.
Enrique estuvo de acuerdo, ya que deseaba humillar a María por su fidelidad a Catalina, pero no dio la orden por temor a despertar más resentimientos contra Ana, a la que sabía el pueblo calificaba de ‘ramera’.
Como reina consorte, Ana Bolena comenzó a llevar una vida social en palacio agitada y vibrante, e introdujo en la Corte la moda francesa. Gastaba enormes sumas en vestidos, joyas, tocados, abanicos de plumas de avestruz, monturas para los caballos, fina tapicería y mobiliario que adquiría en todas partes del mundo. Para satisfacer sus gustos extravagantes renovó numerosos palacios.
Ana tenía una plantilla de sirvientes mayor que la que había tenido Catalina. Más de 250 criados atendían sus necesidades personales, desde sacerdotes hasta mozos de establo. Sesenta damas de honor la servían y acompañaban a los eventos sociales. Ella se mostraba caprichosa, burlona, exigente, invasiva y combativa, subía el tono para defender su derecho y su dignidad. Temerosa de ser suplantada, era insoportablemente celosa y muy puntillosa en lo referente al cumplimiento de su contrato matrimonial. Aunque también era generosa distribuyendo limosnas para ayudar a los pobres.
En marzo de 1534, la iglesia de Roma declaró la validez del matrimonio de Enrique VIII con Catalina de Aragón.
Pero en noviembre, el Parlamento inglés aprobó el Acta de Supremacía, que declaraba la independencia de la iglesia Anglicana bajo la soberanía del Rey.
—Ahora todo el poder político y religioso de la nación se concentran en mi persona —dijo Enrique, soberbio.
E hizo rodar las cabezas de quienes se le oponían. Los acusó de traidores, los juzgó y los condenó a morir.
Un día, ordenó el arresto de Tomás Moro y del obispo John Fisher, que fueron juzgados por traidores, ante la negativa de estos a jurar el Acta de Supremacía. Ambos fueron confinados a la Torre y decapitados, Moro el 6 de julio de 1535, y Fisher, el 22.
Ana no se daba por satisfecha en su papel de Reina y exigía triunfos más rotundos. Enrique iría en junio a Francia, a entrevistarse con el rey Francisco, y ella le dijo:
—Si me quedo como regente, buscaré una razón poderosa para mandar a matar a mi hijastra María.
Un sentimiento de rencor germinaba en el corazón de Enrique, que advertía la oposición que había en torno a ellos. El ya no contemplaba románticamente a Ana, la mujer por la cual había hecho tan grandes sacrificios. Se había cansado de ella y frecuentaba a otras mujeres. En lo más íntimo la hacía responsable de no darle el heredero.
Ella no veía el peligro de su situación y creía que Enrique solo necesitaba más valor y audacia para destrozar a sus enemigos. Lady Rochford, su cuñada, fue quien la alertó. Para impedir que Enrique marchara a Francia, Ana inventó que estaba embarazada. Sabía que la noticia de tener un heredero llenaría de ilusión al Rey, que se quedó a su lado; pero pasados unos meses, Enrique descubrió el engaño de Ana.
—Me mentiste —le recriminó furioso y reanudó sus coqueteos con otra mujer.
Indignada, Ana hizo lo posible por obligar a la damita en cuestión a dejar la Corte. Al enterarse, el Rey dio una brusca contraorden y exasperado le recordó a Ana:
—Tu autoridad se deriva de la mía, no lo olvides.
La relación matrimonial seguía deteriorándose. El Rey se desencantaba cada día más de su mujer. En eso, Ana quedó embarazada y se llenó de grandes expectativas.
Por esa época, Catalina de Aragón estaba muy enferma y el 7 de enero de 1536, moría rabiando de dolor, en el castillo de Kimbolton. Ni siquiera a la hora de su muerte le dieron permiso a su hija María para abrazar a su madre por última vez.
Circularon rumores de que Catalina había sido envenenada por Ana con la supervisión de Thomas Cromwell, y así lo creyeron, porque durante el embalsamamiento, descubrieron que su corazón estaba negro. Aunque Catalina nunca renunció al título real, fue enterrada el 29 de enero de 1536 en la Abadía de Peterborough con un funeral digno de una princesa viuda, por sus esponsales con el príncipe Arturo, en vez del de reina, como le correspondía por su matrimonio con Enrique VIII.
Según el biógrafo Henri Suhamy, autor de Enrique VIII, el rey reaccionó a la muerte de Catalina vistiéndose de amarillo y pareció sentirse feliz de haberse liberado de ella, porque se celebró el acontecimiento con banquetes y bailes.
Ana no estuvo con él porque cuidaba de su embarazo con la esperanza de que esta vez llegase el heredero. Mientras, el Rey se dedicaba a conquistar un nuevo amor, Jane Seymour, una joven regordeta, tímida y recatada, cuatro años más joven que Ana.
Jane había sido primero dama de compañía de Catalina y luego de su ‘concubina’, como ella llamaba a Ana.
Procedente de una familia de cierto bienestar, la Seymour era lo contrario de Ana, un espíritu tranquilo, siempre dispuesta a oír las quejas y lamentos del Rey. Su lema era: ‘Nacida para obedecer y servir’.
Un día, Norfolk entró de súbito en la estancia de Ana para decirle que Enrique se había caído del caballo con tal fuerza, que en un principio no habían creído hallarlo con vida. Ana se alteró y cinco días después daba a luz, prematuramente, a una niña que nació muerta. Enrique se enfureció.
—¡Por Cristo, hacerme esto a mí! ¡A mí, una hija! ¡Prefería un hijo ciego, sordo, tullido, pero un hijo! ¡No importa cómo, pero un hijo! ¡Bruja! —insultaba a la Reina—. Cuando te levantes, tú y yo hablaremos.
El Rey le dijo a su consejero Cromwell:
—Fui seducido, obligado a contraer este matrimonio, hechizado por alguna brujería y, por eso, Dios no permite que tenga hijos varones. Por eso debo casarme de nuevo.
Enrique ya estaba encaprichado con Jane Seymour y Cromwell, el mismo que lo había ayudado a sacar a Catalina de Aragón de su vida, desarrolló un tenebroso plan para deshacerse de Ana antes de que cumpliesen los tres años de casados.
En mayo le contó al Rey que Ana sostenía un romance con Mark Smeaton, un joven que había sido maestro de baile de ella. También le dijo que le era infiel con el cortesano sir Henry Norris, y otros amigos, e inclusive cometía incesto con su propio hermano, Jorge Bolena.
Bajo tortura, el músico confesó tener amores con la Reina. Lady Rochford, la esposa de Jorge y cuñada de Ana, por celos, confirmó las acusaciones de incesto que se hicieron en contra de su marido y este fue encarcelado en la Torre. Menos Smeaton, todos sostuvieron su inocencia en público. No obstante, fueron condenados a muerte. Ana supo que había caído en desgracia cuando recibió la orden de comparecer ante la Cámara del Consejo.
—Es de inmediato —le dijeron.
Presidía la sesión su inescrupuloso tío, el duque de Norfolk. Con gran desconcierto, ella supo que encaraba acusaciones de adulterio y otras más que le serían informadas en la Torre de Londres, adonde la embarcaron de inmediato.
La recibió sir Kingston, el mismo que tres años antes la había acogido en su feliz coronación. Ana le preguntó enloquecida:
—Maestro Kingston, ¿voy a morir sin que se me haga justicia?
—Hay justicia para el súbdito más pobre del Rey —respondió el oficial.
Ana empezó a reírse a carcajadas.
En ese mismo instante, en el palacio de Greenwich, Enrique VIII se inclinaba para dar un beso a su hijo natural de 17 años, Henry FitzRoy, duque de Richmond, a quien dijo entre sollozos:
—Tú y tu hermana María deben dar gracias a Dios por haber escapado de esa mujer que trató de envenenarlos.
Al día siguiente, el Rey ya no pensaba nada más que en Jane Seymour y le escribió firmando: ‘Tu señor y servidor’.
Ana Bolena, reina de Inglaterra, fue sometida a un rápido juicio, donde su padre se degradó al punto de formar parte del jurado. Fue hallada culpable de adulterio, incesto, herejía, traición y actos contra el Rey, y sentenciada a morir decapitada, aunque ella juró que era inocente y que había caído en una trampa de la que no pudo escapar. Cranmer anuló su matrimonio con el Rey, y su hija Isabel fue declarada bastarda.
Mientras Ana atravesaba por este horrible proceso, cada noche el Rey se paseaba con Jane por el Támesis en su barca iluminada, donde sus músicos le interpretaban sus melodías preferidas. Su poder era excesivo e inhumano. A veces, los verdugos tenían que dar hasta tres hachazos para cortar la cabeza de un sentenciado, y Ana hizo una solicitud a Kingston:
—No deseo que me decapite un verdugo común con un hacha, sino un ejecutor que sepa manejar la espada.
Luego, hasta se atrevió a bromear:
—No tendrá problema mi ajusticiador ya que tengo un cuello pequeño. Me dirán: ‘La Reina sin cabeza’.
Su solicitud fue complacida. Harían venir de Calais a un verdugo francés con una filosa espada. Todos los sentenciados en el caso de Ana fueron ejecutados el 17 de mayo. La muerte injusta de su hermano le produjo un profundo dolor.
La ejecución de ella estaba señalada para el día 18. Ana se levantó al amanecer y, luego de recibir la comunión, se preparó para subir al cadalso. Pero Kingston entró para anunciarle que la ejecución se había retrasado, porque no había llegado el verdugo de Calais. Ana pensó que era a propósito y que se trataba de una crueldad más de Enrique. Ella juró a Kingston que jamás le había sido infiel al Rey.
—Parece que no moriré hasta el mediodía, y lo lamento, porque a esa hora ya pensaba estar muerta y haber acabado de sufrir.
—No sufrirá —le respondió Kingston.
Transcurrió la tarde y luego llegó la noche sumida en la misma incertidumbre. El último amanecer sorprendió a Ana despierta en su larga espera; apenas si había cerrado los ojos en toda la noche.
Kingston vino a verla temprano y no tardaron en conducirla al cadalso.
Los ingleses acudieron en gran número para ver a la única reina ejecutada de su historia. Ana pidió a todos que rogasen por el Rey, que era bueno. Encomendó su alma a Dios y suplicó a todos que la perdonasen. Luego se arrodilló y una de sus damas le vendó los ojos.
—¡Dios mío, ten piedad de mí! —susurraba, cuando el certero golpe de espada de su ejecutor cortó su cuello y su cabeza rodó por entre la paja. Eran las 9 de la mañana del 19 de mayo de 1536.
El gobierno no había aprobado proporcionar un ataúd apropiado para Ana. Por ello su cuerpo y su cabeza fueron depositados por sus damas en un arca alargada y sepultados en una tumba sin marcar en la capilla de St. Peter ad Vincula.
¿Cuál fue la causa real de la muerte de Ana Bolena? La historiadora Alison Weir, autora del libro Enrique VIII, El Rey y su Corte, sostiene que Ana fue víctima de una conspiración urdida por Cromwell. Supuestamente, la Reina estaba embarazada cuando fue ejecutada y Cromwell le hizo creer al Rey que el hijo no era suyo.
Al día siguiente de la trágica muerte de Ana Bolena, Enrique VIII se comprometía con Jane Seymour y 11 días más tarde, el 30 de mayo de 1536, se casaba con ella, en el palacio de York.
FIN
Debemos aclarar que el género de la novela biográfica no es un género puro. Tiene tanto de historia y realidad como de ficción y fantasía. La biografía tiene como mérito estudiar e historiar al personaje en su entorno real. Decir obligadamente la verdad lógica de los hechos. Sin embargo, el mérito de la novela es darle forma a la historia. El autor la adorna con su imaginación. Crea diálogos y presenta los personajes según su concepción personal.



Arriba: Enrique VIII y su segunda esposa, Ana Bolena (ca. 1535). Foto: Vanidades

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