El premio de mayor prestigio y continuidad del cine mexicano es obra de Ignacio Asúnsolo, escultor nacido en Hidalgo del Parral, Chihuahua, en 1890 y muerto en la ciudad de México en 1965. Entre sus trabajos, en los que se conjuga lo monumental de la escultura prehispánica con influencias modernas (sobre todo francesas), se pueden citar el Monumento a los Maestros (1933), el Monumento a la Patria (1937), el Monumento al Soldado (1937) o el Monumento ecuestre a Francisco Villa (1957). El Ariel, premio creado como reconocimiento y estímulo a los valores más destacados del cine nacional en sus diferentes rubros, nace bajo la influencia del libro homónimo publicado en 1900 por el escritor uruguayo José Enrique Rodó (1872-1917), una colección de seis pequeños textos que impresionaron fuertemente a los jóvenes de su tiempo y mantuvieron su influencia, por lo menos, durante las primeras cuatro décadas del siglo XX.
El Ariel de Rodó es un llamado al panamericanismo y a la defensa de la libertad, unidad y autonomía de la cultura hispanoamericana, en buena medida, en oposición el utilitarismo y el pragmatismo de la ideología norteamericana.
Inspirado a su vez por La tempestad de William Shakespeare, en la que Ariel es el genio del aire liberado de su esclavitud por Próspero, el Ariel de Rodó es también un canto al espíritu libre, al afán de perfección, al heroismo en la acción y al buen gusto en arte.
El premio Ariel, en el que se conjugan la creación de Ignacio Asúnsolo y José Enrique Rodó, fue pues, desde su creación, una apuesta por el cine como expresión del espíritu, como séptimo arte, por encima de las limitaciones y las presiones del mercado y el comercio, indudables vestigios del mitológico Calibán.
Originalmente la estatua del Ariel estuvo emplazada en el Paseo de la Reforma, a la altura de Chapultepec, donde permaneció hasta 1958. Actualmente se encuentra en el interior de los Estudios Churubusco.